La batalla de Metz, librada entre septiembre y diciembre de 1944, enfrentó al 3.er Ejército de Patton contra una de las ciudades más fortificadas de Europa.

Una ciudad forjada para la guerra
Metz, en la Lorena francesa, había sido ciudad-fortaleza desde la época romana. Pero fue durante la anexión alemana de 1871-1918 cuando se construyó el cinturón de fortificaciones modernas que la convertían en prácticamente inexpugnable. Más de cuarenta fuertes y baterías de hormigón armado, con muros de hasta tres metros de espesor, rodeaban la ciudad en dos anillos concéntricos.
Los fuertes alemanes de Metz —como el Groupe Fortifié Driant, el Fort Jeanne d'Arc y el Fort Queuleu— estaban diseñados para soportar el bombardeo de la artillería más pesada de su época. Con cúpulas blindadas retráctiles, fosos profundos, galerías subterráneas y posiciones de fuego interlocking, representaban la ingeniería militar más avanzada del cambio de siglo. Ni siquiera durante la Primera Guerra Mundial fueron atacados directamente.
El contexto operacional
Tras su espectacular avance desde Normandía, el 3.er Ejército de Patton llegó a las cercanías de Metz a principios de septiembre de 1944 casi sin combustible. La crisis logística aliada —el famoso "hambre de gasolina"— detuvo en seco a las unidades blindadas de Patton justo cuando parecían a punto de cruzar la frontera alemana sin oposición seria.
Este retraso fue decisivo. Los alemanes aprovecharon las semanas de septiembre para reforzar la guarnición de Metz con la 462.ª División de Infantería y otros elementos, rearmar los fuertes con guarniciones de combate y preparar defensas en profundidad a lo largo del río Mosela. Cuando Patton finalmente recibió suministros suficientes para atacar, se encontró con una posición mucho más fuerte de lo esperado.
Las fuerzas enfrentadas
El XX Cuerpo del 3.er Ejército, al mando del general Walton Walker, lideró el asalto con tres divisiones de infantería (la 5.ª, 95.ª y 90.ª) apoyadas por la 10.ª División Blindada. En total, unos 80.000 soldados estadounidenses participaron en las distintas fases de la operación.
La guarnición alemana comprendía inicialmente unos 14.000 hombres distribuidos en los fuertes y en posiciones de campo alrededor de la ciudad. Las fuerzas fueron reforzadas durante la batalla, y la cifra total de defensores fluctuó según llegaban y se retiraban unidades.
Los primeros asaltos (septiembre-octubre)
El desastre de Fort Driant
El primer intento serio de romper las defensas de Metz se produjo el 27 de septiembre, cuando el 11.º Regimiento de Infantería de la 5.ª División atacó el Fort Driant (Feste Kronprinz), una enorme fortificación que dominaba las aproximaciones del sur. Lo que siguió fue una de las experiencias más traumáticas del 3.er Ejército.
Los soldados estadounidenses descubrieron que su artillería apenas arañaba los muros de hormigón. Los cañones de 155 mm que normalmente reducían cualquier edificio a escombros rebotaban contra las casamatas de Driant. Los ataques aéreos con bombas de 1.000 libras dejaron apenas cráteres superficiales en las cubiertas de hormigón.
La infantería que logró alcanzar los muros del fuerte se encontró atrapada en un laberinto de fosos, alambradas y troneras que barría cada metro de terreno. Los defensores contraatacaban a través de túneles subterráneos, apareciendo detrás de las posiciones estadounidenses. Tras diez días de combates desesperados, los americanos se retiraron del fuerte habiendo sufrido más de 500 bajas sin lograr tomarlo. Fue una de las escasas derrotas tácticas de Patton en toda la guerra.
La ofensiva de noviembre
Patton, humillado por el fracaso en Driant, reorganizó su plan. En lugar de asaltar los fuertes frontalmente, decidió envolver Metz desde el norte y el sur, cortando las comunicaciones de la guarnición y dejando los fuertes aislados para reducirlos después.
El 8 de noviembre, bajo lluvias torrenciales que convirtieron la región en un barrizal, el XX Cuerpo lanzó su ofensiva principal. La 90.ª División cruzó el Mosela al norte de Metz mientras la 5.ª División atacaba desde el sur. La 95.ª División presionó directamente sobre la ciudad.
Las condiciones meteorológicas anularon la superioridad aérea aliada y dificultaron el movimiento de blindados. Los soldados combatieron empapados, con barro hasta las rodillas, cruzando ríos crecidos bajo fuego enemigo. Las bajas por congelación y pie de trinchera fueron casi tan numerosas como las causadas por el combate.
La caída de Metz
A pesar de las condiciones, el doble envolvimiento tuvo éxito. El 19 de noviembre, las pinzas estadounidenses se cerraron al este de Metz, completando el cerco. La guarnición de la ciudad, cortada de refuerzos y suministros, comenzó a desmoronarse.
El 22 de noviembre, las tropas de la 95.ª División entraron en el centro de Metz. La resistencia organizada en la ciudad cesó, aunque los fuertes siguieron combatiendo. El general Kittel, comandante de la guarnición, fue capturado intentando escapar disfrazado de civil.
Los fuertes fueron reduciéndose uno a uno durante las semanas siguientes. Fort Driant, que había humillado a los americanos en septiembre, se rindió el 8 de diciembre tras un asedio que cortó sus suministros de agua. El último fuerte, Jeanne d'Arc, no capituló hasta el 13 de diciembre. Algunos defensores no supieron que la guerra había terminado hasta meses después.
Bajas y legado
La batalla de Metz costó a los estadounidenses unas 2.500 bajas mortales y más de 15.000 heridos y enfermos. Las pérdidas alemanas fueron de unos 3.600 muertos y 12.000 prisioneros.
Metz no figura entre las batallas más célebres de la SGM, eclipsada por Normandía y las Ardenas, pero fue una lección brutal sobre los límites de la guerra de movimiento. Incluso el ejército más mecanizado del mundo podía quedar paralizado ante fortificaciones bien defendidas cuando le faltaban suministros y le sobraba lluvia.
Para Patton, Metz fue una experiencia amarga que demostró que la guerra no siempre se ganaba con audacia y velocidad. La ciudad que había resistido todos los asedios de la historia finalmente cayó, pero el precio fue mucho mayor del que el impetuoso general había previsto.