La batalla de Francia fue la mayor catástrofe militar de la SGM en su frente occidental. Entre el 10 de mayo y el 25 de junio de 1940, las fuerzas armadas alemanas desmantelaron en apenas seis semanas al ejército que se consideraba el más poderoso de Europa, ocuparon París y forzaron un armisticio que dividió el país en dos. Más de 360.000 soldados aliados fueron evacuados por mar desde Dunkerque , pero casi dos millones de franceses cayeron prisioneros. La derrota no fue solo militar: fue el derrumbe de toda una concepción de la guerra que quedó obsoleta en cuestión de días frente a la doctrina de la Blitzkrieg .

Tropas alemanas marchando frente al Arco del Triunfo de París en junio de 1940
Tropas alemanas desfilan ante el Arco del Triunfo de París el 14 de junio de 1940, símbolo de la derrota francesa. Bundesarchiv / Gutjahr · CC BY-SA 3.0

Fuerzas enfrentadas y equilibrio de poder

La batalla de Francia enfrentó a dos bloques de tamaño comparable pero con doctrinas radicalmente distintas. Del lado aliado combatieron Francia, el Reino Unido, Bélgica, los Países Bajos y Luxemburgo. Del lado del Eje, la Alemania nazi actuó prácticamente en solitario, ya que Italia no entró en la guerra hasta el 10 de junio, cuando la derrota francesa era ya inevitable.

Las fuerzas aliadas

Francia movilizó unos 2,24 millones de soldados organizados en más de cien divisiones, incluyendo tres divisiones acorazadas ligeras y tres divisiones cuirassées recién formadas. Contaba además con unos 3.200 tanques, muchos de ellos —como el Char B1 bis y el SOMUA S35 — técnicamente superiores a los blindados alemanes en blindaje y potencia de fuego. Sin embargo, la mayoría de estos vehículos estaban dispersos en pequeños batallones de apoyo a la infantería, no concentrados en formaciones de choque.

La Fuerza Expedicionaria Británica (BEF) aportaba diez divisiones con unos 394.000 hombres, bien equipados pero con una cantidad limitada de blindados. Bélgica disponía de 22 divisiones y los Países Bajos de 10, pero ninguno de los dos países había coordinado planes de defensa conjuntos con los franco-británicos por su estatus de neutralidad.

En el aire, los aliados alineaban más de 3.000 aviones entre las fuerzas aéreas francesa y británica, pero muchos eran modelos obsoletos y la RAF mantuvo buena parte de sus cazas en suelo británico por temor a un ataque posterior.

La Wehrmacht

Alemania desplegó 3,35 millones de soldados en 141 divisiones, de las cuales 10 eran Panzer y 6 motorizadas. Disponía de unos 2.400 tanques — numéricamente menos que los aliados — pero agrupados en cuerpos Panzer diseñados para operar como puntas de lanza independientes. El Panzer IV era el blindado pesado de estas formaciones, aunque la mayoría eran Panzer III y modelos ligeros Panzer I y II.

La superioridad aérea alemana fue decisiva. La Luftwaffe alineó más de 3.500 aviones, incluyendo los temibles Stuka Ju 87 que actuaban como artillería volante. Los Messerschmitt Bf 109 dominaron los cielos franceses desde los primeros días de campaña.

El plan alemán: Sichelschnitt

El plan original alemán, elaborado por el OKH, era una repetición del Plan Schlieffen de 1914: un avance masivo a través de Bélgica. Fue el teniente general Erich von Manstein quien propuso la alternativa que cambió la historia. Su plan, conocido como Sichelschnitt (corte de hoz), trasladaba el peso principal del ataque de Bélgica a las Ardenas, un sector montañoso y boscoso que el alto mando francés consideraba impracticable para divisiones blindadas.

Hitler aprobó el plan de Manstein en febrero de 1940. La idea era audaz y arriesgada: concentrar siete divisiones Panzer en un frente estrecho, cruzar las Ardenas belgas y luxemburguesas a toda velocidad, romper el frente francés en Sedán y lanzarse hacia el canal de la Mancha para cortar en dos al ejército aliado. La maniobra por Bélgica y los Países Bajos quedaría como un señuelo gigantesco para atraer a las mejores divisiones aliadas hacia el norte.

La operación se dividió en tres grupos de ejércitos. El Grupo de Ejércitos B, al norte, invadiría Bélgica y los Países Bajos para fijar a los aliados. El Grupo de Ejércitos A, en el centro, ejecutaría el golpe principal a través de las Ardenas. El Grupo de Ejércitos C, al sur, mantendría la presión frente a la Línea Maginot sin intentar un asalto frontal.

La trampa se cierra: del 10 al 15 de mayo

El 10 de mayo de 1940, la Wehrmacht lanzó su ofensiva simultáneamente en todos los frentes. Paracaidistas alemanes capturaron el fuerte de Eben-Emael en Bélgica — considerado inexpugnable — mediante un asalto con planeadores que pasó a la historia militar. Los Países Bajos fueron atacados con operaciones aerotransportadas contra La Haya y Róterdam. Bélgica fue invadida por tierra y aire.

El plan aliado respondió exactamente como los alemanes esperaban. El grueso del ejército francés y toda la BEF avanzaron hacia Bélgica para establecer una línea defensiva en el río Dyle. Los mejores soldados aliados marchaban hacia el norte mientras la verdadera amenaza se materializaba 150 kilómetros más al sur.

En las Ardenas, las columnas blindadas del Grupo de Ejércitos A avanzaron por carreteras estrechas y serpenteantes. Los atascos fueron enormes — una columna de vehículos se extendió durante 250 kilómetros — pero la Luftwaffe impidió cualquier reconocimiento aéreo aliado que pudiera haber revelado esta concentración vulnerable. Los escasos informes de las patrullas francesas que detectaron el movimiento fueron ignorados o llegaron demasiado tarde al alto mando.

Los Países Bajos capitularon el 14 de mayo, solo cuatro días después del inicio de la invasión, tras el devastador bombardeo de Róterdam que destruyó el centro de la ciudad.

La ruptura de Sedán: 13-14 de mayo

El momento decisivo de toda la batalla de Francia se produjo en Sedán entre el 13 y el 14 de mayo. Las divisiones Panzer del general Heinz Guderian llegaron al río Mosa tras cruzar las Ardenas en apenas tres días — una hazaña que el alto mando francés consideraba imposible y que, según sus cálculos, habría requerido al menos nueve días.

El cruce del Mosa fue precedido por un bombardeo aéreo concentrado sin precedentes. Durante horas, oleadas de Stukas y bombarderos medios machacaron las posiciones francesas a lo largo del río. Las guarniciones que defendían el sector eran divisiones de reserva de serie B, formadas por soldados mayores y peor entrenados, que nunca habían experimentado un ataque aéreo de esa intensidad. Muchos abandonaron sus posiciones antes de que la infantería alemana cruzara el río en botes de goma.

Al caer la noche del 13 de mayo, los alemanes habían establecido varias cabezas de puente sobre el Mosa. A la mañana siguiente, los ingenieros tendieron puentes de pontones y los Panzer comenzaron a cruzar. Los contraataques franceses del 14 y 15 de mayo — tanto terrestres como aéreos — fueron demasiado dispersos y llegaron demasiado tarde. La aviación aliada sufrió pérdidas catastróficas intentando destruir los puentes: los escuadrones de bombarderos ligeros Fairey Battle fueron prácticamente aniquilados.

La brecha en el frente francés era ya irreparable. Guderian, desobedeciendo las órdenes de detenerse, lanzó sus Panzer hacia el oeste a una velocidad que asombró tanto a los aliados como a sus propios superiores.

La carrera hacia el mar: del 16 al 21 de mayo

Una vez rota la línea del Mosa, los cuerpos Panzer alemanes se lanzaron hacia el canal de la Mancha a una velocidad que ningún ejército había alcanzado jamás. Las divisiones blindadas avanzaban entre 30 y 60 kilómetros diarios, rebasando a las unidades francesas que intentaban organizar líneas defensivas improvisadas.

El general Maurice Gamelin, comandante supremo aliado, fue incapaz de reaccionar ante una situación que sus planes no contemplaban. Las comunicaciones se colapsaron. Las órdenes llegaban con horas o días de retraso. Unidades enteras recibían instrucciones de defender posiciones que los alemanes ya habían rebasado. El 19 de mayo, Gamelin fue destituido y reemplazado por el general Maxime Weygand, de 73 años, que necesitó varios días más para evaluar una situación que ya era irreversible.

El 20 de mayo, los Panzer del general Guderian alcanzaron Abbeville, en la desembocadura del Somme, completando el corredor que separaba a los ejércitos aliados del norte — atrapados en Bélgica y Flandes — del grueso de las fuerzas francesas al sur. Más de un millón de soldados aliados, incluyendo toda la BEF y los mejores ejércitos franceses, quedaron encerrados en una bolsa que se reducía día a día.

El 21 de mayo, una contraofensiva blindada británica en Arrás provocó un momento de pánico en el flanco alemán. Dos batallones de tanques Matilda atacaron la columna del general Erwin Rommel y causaron pérdidas significativas antes de ser detenidos. Aunque el contraataque de Arrás fue contenido, sembró dudas en el alto mando alemán sobre la solidez de su avance y contribuyó a la fatídica decisión de detener los Panzer ante Dunkerque.

Dunkerque y la evacuación milagrosa

El 24 de mayo, Hitler ordenó a sus divisiones blindadas detenerse frente al perímetro de Dunkerque. Las razones de esta decisión — una de las más debatidas de la SGM — siguen siendo objeto de controversia: la necesidad de preservar los Panzer para la segunda fase de la campaña, la confianza de Hermann Göring en que la Luftwaffe podría destruir a los aliados atrapados, o consideraciones políticas relacionadas con una posible paz con el Reino Unido.

La pausa dio a los aliados el tiempo justo para organizar un perímetro defensivo. La Operación Dinamo, lanzada el 26 de mayo, logró evacuar a 338.226 soldados aliados — 198.000 británicos y 140.000 franceses — a través del canal de la Mancha en nueve días. Una flota improvisada de destructores, barcos mercantes, pesqueros y embarcaciones de recreo cruzó las aguas bajo el fuego de la Luftwaffe. Churchill advirtió que las guerras no se ganan con evacuaciones, pero Dunkerque salvó al núcleo del ejército británico y permitió que el Reino Unido siguiera combatiendo.

La evacuación, sin embargo, dejó atrás todo el equipamiento pesado de la BEF y a más de 40.000 soldados franceses que formaron la retaguardia. Bélgica capituló el 28 de mayo.

Fall Rot: la segunda fase

Tras Dunkerque, la Wehrmacht reorganizó sus fuerzas para la segunda fase de la batalla de Francia, la operación Fall Rot (Caso Rojo), lanzada el 5 de junio. Francia intentaba defender una línea de 600 kilómetros desde el Somme hasta la Línea Maginot con apenas 66 divisiones — muchas de ellas ya desgastadas — contra 140 divisiones alemanas.

La resistencia francesa fue en algunos puntos más tenaz de lo que se suele recordar. En el Somme, varias divisiones combatieron con determinación durante los primeros días y causaron bajas significativas. Pero la superioridad numérica y aérea alemana era abrumadora. Línea tras línea, posición tras posición, la defensa francesa se fue desmoronando.

El 10 de junio, el gobierno francés abandonó París y la declaró ciudad abierta para evitar su destrucción. Italia declaró la guerra a Francia ese mismo día, atacando por los Alpes con resultados militares mediocres. El 14 de junio, las tropas alemanas entraron en París sin encontrar resistencia. Las fotografías de soldados alemanes desfilando por los Campos Elíseos y ante el Arco del Triunfo se convirtieron en el símbolo más doloroso de la derrota.

El avance alemán continuó imparable hacia el sur. Lyon cayó el 19 de junio. Burdeos, donde se había refugiado el gobierno, estaba amenazada. Las carreteras se llenaron de millones de civiles que huían hacia el sur en un éxodo desesperado — el más grande de la historia europea hasta entonces.

El armisticio de Compiègne

El mariscal Philippe Pétain, héroe de Verdún en la Primera Guerra Mundial, asumió la jefatura del gobierno el 16 de junio y pidió inmediatamente un armisticio. Hitler eligió con calculada crueldad el lugar de la firma: el claro de Compiègne, en el mismo vagón de tren donde Alemania había firmado su rendición en 1918. El armisticio se firmó el 22 de junio de 1940.

Las condiciones fueron durísimas. Francia quedó dividida en dos zonas: el norte y la costa atlántica bajo ocupación alemana directa, y el sur bajo un gobierno colaboracionista con sede en Vichy, presidido por Pétain. El ejército francés fue desmovilizado salvo una fuerza simbólica de 100.000 hombres. Francia debía pagar los costes de la ocupación alemana — una suma astronómica que drenó la economía del país durante cuatro años.

Las hostilidades cesaron oficialmente el 25 de junio a las 00:35 horas. La batalla de Francia había terminado.

El coste humano

Las cifras de la batalla de Francia reflejan la magnitud de la catástrofe. Francia sufrió aproximadamente 90.000 muertos y 200.000 heridos en combate. Cerca de 1,8 millones de soldados franceses fueron hechos prisioneros, muchos de los cuales pasarían el resto de la guerra en campos de prisioneros en Alemania.

El Reino Unido perdió unos 68.000 hombres entre muertos, heridos y prisioneros. Bélgica sufrió unas 23.000 bajas militares y los Países Bajos alrededor de 9.800, incluyendo civiles muertos en los bombardeos de Róterdam.

Las pérdidas alemanas fueron comparativamente moderadas: unos 27.000 muertos, 111.000 heridos y 18.000 desaparecidos. La proporción de bajas confirmaba la naturaleza aplastante de la victoria.

A las bajas militares se sumó el sufrimiento civil. Millones de refugiados colapsaron las carreteras del norte de Francia. Los bombardeos y los combates en zonas pobladas causaron miles de víctimas civiles. Comunidades enteras fueron destruidas durante el avance.

Consecuencias estratégicas y legado

La caída de Francia transformó radicalmente el curso de la SGM. Hitler se encontró de pronto como el amo de Europa occidental. Solo el Reino Unido, protegido por el canal de la Mancha y la RAF, seguía en pie. La batalla de Inglaterra y la Operación León Marino serían las consecuencias directas de la victoria alemana en Francia.

La derrota francesa obligó a replantear completamente la doctrina militar aliada. La guerra de trincheras y las líneas estáticas quedaron obsoletas. La combinación de blindados concentrados, apoyo aéreo cercano y velocidad de maniobra — la esencia de la Blitzkrieg — se convirtió en el modelo a imitar y a contrarrestar. Los ejércitos aliados tardarían años en desarrollar las tácticas y el equipamiento necesarios para vencer a la Wehrmacht en su propio terreno, algo que no se lograría plenamente hasta la batalla de Normandía en 1944.

Para Francia, las consecuencias fueron devastadoras más allá de lo militar. La ocupación dividió a la sociedad entre resistentes y colaboracionistas, una fractura que tardó décadas en cicatrizar. El régimen de Vichy colaboró activamente en la persecución de judíos y la explotación económica del país. Charles de Gaulle, que había escapado a Londres, mantuvo viva la llama de la Francia libre con un puñado de seguidores y un micrófono de la BBC, pero durante cuatro largos años Francia vivió bajo la bota alemana.

La batalla de Francia demostró que la guerra moderna podía decidirse en semanas, no en años. Demostró que la superioridad tecnológica sin una doctrina adecuada no garantizaba nada. Y demostró que un ejército aparentemente invencible podía derrumbarse cuando era sorprendido por una forma de combatir que no había sabido anticipar. La lección fue amarga, pero los aliados la aprendieron: cuando regresaron a Francia en junio de 1944, lo hicieron con una maquinaria bélica que superaba a la Wehrmacht en todos los ámbitos que habían marcado la diferencia en 1940.