La bolsa de Colmar fue la última cabeza de puente alemana al oeste del Rin. Entre enero y febrero de 1945, el Primer Ejército francés del general Jean de Lattre de Tassigny, reforzado por el XXI Cuerpo estadounidense, libró una brutal campaña invernal para eliminar esta posición y completar la liberación de Alsacia. La resistencia del XIX Ejército alemán convirtió lo que debía ser una operación rápida en semanas de combates encarnizados bajo la nieve, el barro y temperaturas bajo cero.

Contexto estratégico: la amenaza en Alsacia
Tras la liberación de Estrasburgo en noviembre de 1944, los Aliados esperaban que las fuerzas alemanas en Alsacia se retiraran al otro lado del Rin. Sin embargo, Hitler ordenó al general Friedrich Wiese mantener la cabeza de puente de Colmar a toda costa. El XIX Ejército alemán, aunque debilitado, controlaba un perímetro de unos 80 kilómetros de largo por 50 de ancho entre los Vosgos y el Rin, con la ciudad de Colmar como centro logístico.
Esta bolsa representaba un problema estratégico considerable. Mientras existiera, amenazaba el flanco sur del avance aliado y mantenía viva la presencia alemana en suelo francés. Para los franceses, la situación era además una cuestión de orgullo nacional: Alsacia, disputada durante siglos entre Francia y Alemania, debía ser liberada por completo.
La situación se complicó dramáticamente en diciembre de 1944, cuando la ofensiva alemana en las Ardenas obligó a Eisenhower a replantear sus prioridades. El comandante supremo aliado propuso retirar las tropas de Estrasburgo para acortar la línea del frente, una decisión que provocó la furiosa oposición del general De Gaulle, quien amenazó con retirar las tropas francesas del mando aliado antes que abandonar la capital alsaciana. Churchill intervino como mediador y Eisenhower finalmente cedió, manteniendo Estrasburgo bajo control aliado.
La Operación Cheerful y el primer intento francés
El primer intento serio de reducir la bolsa de Colmar comenzó el 20 de enero de 1945 con la Operación Cheerful. El plan de De Lattre contemplaba un ataque en pinza: el I Cuerpo francés avanzaría desde el norte mientras el II Cuerpo francés presionaría desde el sur, con el objetivo de converger sobre Colmar y cortar la bolsa por la mitad.
El ataque septentrional, a cargo del I Cuerpo del general Béthouart, logró avances iniciales modestos. Las tropas francesas, muchas de ellas procedentes de las colonias norteafricanas y poco acostumbradas al frío extremo, se enfrentaron a condiciones terribles. Las temperaturas descendían regularmente por debajo de los veinte grados bajo cero, la nieve cubría los campos y los caminos se convertían en barrizales intransitables cuando subía ligeramente la temperatura.
Desde el sur, el II Cuerpo del general de Monsabert obtuvo mejores resultados iniciales, capturando varias localidades a lo largo del canal del Rin-Ródano. Sin embargo, la resistencia alemana se endureció rápidamente. Los defensores aprovechaban cada pueblo, cada granja y cada posición elevada para frenar el avance. Las fortificaciones de Neuf-Brisach, una ciudadela construida por Vauban en el siglo XVII y reforzada por los alemanes, resultaron especialmente difíciles de superar.
La intervención estadounidense: el XXI Cuerpo
Ante la lentitud del avance francés, Eisenhower accedió a reforzar a De Lattre con el XXI Cuerpo estadounidense del general Frank Milburn, que incluía la 3.ª División de Infantería, la 28.ª División de Infantería y la 75.ª División de Infantería, además de la 12.ª División Blindada. La llegada de estas unidades a finales de enero cambió sustancialmente el equilibrio de fuerzas.
El plan revisado mantenía la estructura de doble pinza pero con mayor potencia. El XXI Cuerpo estadounidense atacaría desde el norte, mientras los cuerpos franceses continuaban su presión desde el sur y el oeste. El objetivo inmediato era la ciudad de Colmar, cuya captura partiría la bolsa en dos y facilitaría la destrucción de las fuerzas alemanas atrapadas.
Los combates que siguieron fueron de una intensidad feroz. Cada aldea alsaciana se convertía en un campo de batalla donde la infantería debía limpiar casa por casa. Los tanques, limitados por el terreno helado y los canales que cruzaban la llanura, proporcionaban apoyo cuando podían, pero a menudo la lucha recaía en la infantería. La 3.ª División de Infantería estadounidense, veterana de los desembarcos en el norte de África, Sicilia y Anzio, demostró una vez más su capacidad combativa en condiciones adversas.
La caída de Colmar
El 2 de febrero de 1945, unidades francesas y estadounidenses convergieron sobre Colmar desde varias direcciones. La 5.ª División Blindada francesa, apoyada por la 2.ª División de Infantería marroquí, entró en la ciudad por el sur, mientras elementos del XXI Cuerpo presionaban desde el norte. Los defensores alemanes, conscientes de que la posición era insostenible, comenzaron a retirarse hacia el Rin.
La liberación de Colmar fue un momento de enorme significado emocional para los franceses. La ciudad, joya arquitectónica de Alsacia con sus casas de entramado de madera y sus canales, había sido anexionada por el Reich en 1940. Los soldados franceses que entraron en sus calles fueron recibidos con júbilo por una población que llevaba más de cuatro años bajo ocupación alemana. La bandera tricolor ondeó de nuevo en la prefectura, símbolo tangible de que la liberación de Francia estaba a punto de completarse.
Sin embargo, la caída de Colmar no significó el fin de los combates. Aún quedaban importantes fuerzas alemanas entre la ciudad y el Rin, y Wiese organizó una defensa tenaz para proteger el puente de Breisach, la última vía de escape hacia la orilla oriental del río.
La carrera hacia el Rin y el puente de Breisach
Los días que siguieron a la caída de Colmar fueron una carrera contrarreloj. Los Aliados intentaban cercar y destruir las fuerzas alemanas restantes antes de que pudieran cruzar el Rin, mientras los alemanes luchaban desesperadamente por mantener abierto el corredor hacia Breisach.
El puente de Breisach, sobre el Rin, se convirtió en el punto focal de los combates. Por él fluían las columnas de soldados alemanes en retirada, vehículos y material que Wiese intentaba salvar. Las fuerzas aliadas presionaban desde todas las direcciones, estrechando progresivamente el perímetro de la bolsa.
Los combates en los pueblos y campos entre Colmar y el Rin fueron especialmente sangrientos. Las unidades alemanas, sabiendo que el río estaba a sus espaldas y que la rendición o la muerte eran las únicas alternativas, resistían con la energía de la desesperación. Los franceses y estadounidenses, por su parte, impulsados por la certeza de que la victoria estaba cerca, atacaban con determinación implacable.
Neuf-Brisach cayó tras duros combates el 5 de febrero. Sus murallas, diseñadas tres siglos antes para resistir asedios, demostraron una vez más su eficacia defensiva, pero no pudieron detener indefinidamente a un enemigo con superioridad aérea y artillera abrumadora.
Eliminación final de la bolsa
El 9 de febrero de 1945, las últimas fuerzas alemanas al oeste del Rin fueron eliminadas o capturadas. Los restos del XIX Ejército que lograron cruzar el puente de Breisach lo volaron tras de sí, poniendo fin definitivo a la presencia alemana en Alsacia. La bolsa de Colmar había dejado de existir.
El balance fue considerable. Las fuerzas alemanas sufrieron aproximadamente 22.000 bajas, incluyendo unos 16.000 prisioneros. Además, perdieron grandes cantidades de material que no pudieron evacuar a través del Rin: cañones, vehículos blindados, camiones y depósitos de munición cayeron en manos aliadas. El XIX Ejército, como fuerza combativa, quedó prácticamente destruido.
Las pérdidas aliadas también fueron significativas. El Primer Ejército francés sufrió cerca de 10.000 bajas entre muertos, heridos y desaparecidos. Las fuerzas estadounidenses del XXI Cuerpo perdieron alrededor de 8.000 hombres. Las bajas por congelación y enfermedades relacionadas con el frío fueron especialmente elevadas, rivalizando en número con las provocadas por el combate directo.
La determinación francesa y el significado de la victoria
La eliminación de la bolsa de Colmar tuvo un significado que trascendía lo puramente militar. Para Francia, representaba la culminación del largo camino de redención que había comenzado con la humillante derrota de 1940. El ejército francés, reconstruido en el norte de África y en las colonias, había demostrado su capacidad para liberar su propio territorio.
De Lattre de Tassigny, que había sufrido constantes frustraciones por la escasez de recursos y la tendencia aliada a priorizar otros frentes, pudo al fin señalar un logro indiscutible. Su ejército, compuesto por una mezcla notable de franceses metropolitanos, argelinos, marroquíes, tunecinos, senegaleses y otros soldados coloniales, había completado la liberación de una región que Francia consideraba parte esencial de su identidad nacional.
La batalla también subrayó la importancia de la cooperación francoestadounidense. Sin el refuerzo del XXI Cuerpo, es probable que la bolsa de Colmar hubiera resistido semanas o incluso meses más. Pero sin la determinación francesa y la presión política de De Gaulle, la prioridad aliada habría sido otra y Alsacia habría esperado más tiempo su liberación.
Legado de la batalla
La bolsa de Colmar es hoy una de las batallas menos conocidas del frente occidental de la SGM, eclipsada por operaciones más mediáticas como el Día D o la batalla de las Ardenas. Sin embargo, su importancia fue real: eliminó la última posición alemana al oeste del Rin, aseguró el flanco sur para la ofensiva final sobre Alemania y permitió que el frente aliado se alineara a lo largo del río antes del cruce decisivo en marzo de 1945.
En Alsacia, la memoria de aquellos días de enero y febrero de 1945 pervive en monumentos, cementerios y museos locales. El monumento de Jebsheim, una de las localidades más disputadas durante los combates, recuerda a los caídos de ambos bandos. Las cicatrices que la batalla dejó en los pueblos alsacianos tardaron años en desaparecer, pero la liberación que trajo consigo marcó el fin definitivo de una ocupación que había durado casi cinco años.
Para las tropas coloniales francesas que combatieron en el frío de Alsacia, la batalla representó un sacrificio particularmente ingrato. Soldados del norte de África y del África subsahariana lucharon y murieron en un invierno europeo que les resultaba ajeno, por una tierra que muchos no conocían, en una guerra que no era originalmente la suya. Su contribución, durante décadas olvidada, forma parte esencial de la historia de la liberación de Francia.