El hundimiento del Bismarck el 27 de mayo de 1941 puso fin a la persecución naval más intensa de toda la SGM. Durante tres días, la Royal Navy movilizó decenas de buques y aeronaves para dar caza al acorazado Bismarck , el navío de guerra más poderoso de la Kriegsmarine alemana, que había destruido el orgullo de la flota británica apenas días antes. Lo que comenzó como una incursión alemana para estrangular los convoyes aliados en la batalla del Atlántico terminó con un coloso de acero ardiendo en mitad del océano y más de dos mil marineros ahogándose en las aguas heladas del Atlántico Norte.

La operación Rheinübung: la salida del Bismarck
La historia del hundimiento del Bismarck comienza con la operación Rheinübung (Ejercicio del Rin), una misión diseñada por el mando naval alemán para atacar los convoyes aliados en el Atlántico Norte. El plan consistía en enviar al Bismarck junto con el crucero pesado Prinz Eugen para asaltar la navegación mercante británica, cortando las líneas de suministro que mantenían con vida a Gran Bretaña.
El almirante Günther Lütjens, un veterano de la guerra naval que ya había dirigido con éxito incursiones previas con los cruceros de batalla Scharnhorst y Gneisenau , recibió el mando de la escuadra. Lütjens no estaba entusiasmado con la misión. Habría preferido esperar a que el acorazado gemelo Tirpitz estuviera listo para operar juntos, lo que habría multiplicado las posibilidades de éxito. Pero el Gran Almirante Erich Raeder insistió en actuar cuanto antes, temiendo que la ventana de oportunidad se cerrara.
El 18 de mayo de 1941, el Bismarck y el Prinz Eugen zarparon del puerto de Gotenhafen (actual Gdynia, Polonia) rumbo al Atlántico. La ruta elegida pasaba por el estrecho de Dinamarca, el corredor entre Islandia y Groenlandia, uno de los accesos más vigilados por la Royal Navy. Lütjens confiaba en que la niebla y el mal tiempo le permitirían cruzar sin ser detectado.
Sin embargo, los británicos ya estaban alerta. El 20 de mayo, un avión de reconocimiento Spitfire del Mando Costero fotografió a los dos buques alemanes fondeados en el fiordo de Bergen, Noruega, donde habían hecho escala para repostar. La noticia llegó rápidamente al Almirantazgo en Londres. La Royal Navy puso en marcha una operación de intercepción a gran escala.
El estrecho de Dinamarca: el HMS Hood se hunde
La primera línea de defensa británica en el estrecho de Dinamarca la formaban los cruceros pesados HMS Norfolk y HMS Suffolk, equipados con radar, que patrullaban las aguas entre Islandia y Groenlandia. En la noche del 23 de mayo, el Suffolk detectó al Bismarck y al Prinz Eugen avanzando hacia el sur a través del estrecho y comenzó a seguirlos, transmitiendo su posición al Almirantazgo.
El vicealmirante Lancelot Holland, al mando del crucero de batalla HMS Hood y del acorazado HMS Prince of Wales, recibió la orden de interceptar a la escuadra alemana. El Hood era el buque de guerra más famoso del mundo en aquel momento, un símbolo del poderío naval británico que llevaba dos décadas siendo la joya de la corona de la Royal Navy. Sin embargo, bajo su imponente apariencia se ocultaba una debilidad crítica: su blindaje horizontal era insuficiente frente a proyectiles de trayectoria curva disparados a larga distancia, una vulnerabilidad conocida pero nunca corregida por falta de tiempo y recursos.
La mañana del 24 de mayo de 1941, ambas escuadras se avistaron en el estrecho de Dinamarca. Holland ordenó acercarse rápidamente al Bismarck para reducir el ángulo de caída de los proyectiles y minimizar la exposición de la cubierta del Hood. El combate comenzó a las 05:52, con ambos bandos abriendo fuego casi simultáneamente.
Lo que sucedió a continuación conmocionó al mundo. A las 06:01, apenas nueve minutos después del inicio del combate, un proyectil de 380 mm del Bismarck impactó en el Hood cerca del pañol de municiones de popa. Una explosión catastrófica partió el crucero de batalla en dos. El Hood se hundió en menos de tres minutos, llevándose consigo a 1.415 de sus 1.418 tripulantes. Solo tres hombres sobrevivieron.
La destrucción del Hood fue un golpe devastador para la moral británica. Winston Churchill recibió la noticia con consternación y emitió una orden que se convirtió en célebre: «Hundid al Bismarck». Toda la Royal Navy quedó movilizada con un único objetivo.
El Prince of Wales golpea: primer daño al Bismarck
Aunque la pérdida del Hood dominó los titulares, el combate del estrecho de Dinamarca no fue una victoria limpia para los alemanes. El HMS Prince of Wales, pese a ser un acorazado recién incorporado al servicio con problemas técnicos en sus torres de artillería, logró impactar al Bismarck con tres proyectiles antes de retirarse.
Uno de esos impactos resultó decisivo para el desarrollo posterior de los acontecimientos. Un proyectil de 356 mm perforó el casco del Bismarck por debajo de la línea de flotación, a proa, dañando un tanque de combustible y provocando una contaminación de agua salada en los depósitos de fuel. Otro impacto causó una inundación que forzó al Bismarck a abandonar un generador eléctrico.
Las consecuencias de estos daños fueron enormes. El Bismarck perdió acceso a unas 1.000 toneladas de combustible y comenzó a dejar un rastro de fuel visible en la superficie del mar. Lütjens comprendió que la misión de ataque a convoyes era ya inviable. Decidió separarse del Prinz Eugen, enviándolo a continuar la incursión por su cuenta, mientras él ponía rumbo a Saint-Nazaire, en la costa atlántica francesa, donde podría reparar los daños en el dique seco más grande disponible.
La persecución: tres días en el Atlántico
Lo que siguió fue una de las mayores operaciones de búsqueda y persecución de la historia naval. La Royal Navy desplegó desde diferentes bases una fuerza abrumadora: los acorazados HMS King George V y HMS Rodney, el portaaviones HMS Victorious, el portaaviones HMS Ark Royal (que zarpó desde Gibraltar con la Fuerza H), cruceros pesados, cruceros ligeros y decenas de destructores. En total, más de sesenta buques de guerra participaron en la caza del Bismarck.
Durante la noche del 24 de mayo, el portaaviones Victorious lanzó un ataque con nueve torpederos biplanos Swordfish que lograron un impacto de torpedo en el Bismarck. El daño fue menor —el torpedo golpeó el cinturón blindado principal sin causar daño estructural significativo—, pero el ataque sirvió para confirmar la posición del acorazado alemán.
La pérdida de contacto
En las primeras horas del 25 de mayo ocurrió lo que más temían los británicos: el Bismarck logró escabullirse de sus perseguidores. Lütjens ejecutó un cambio de rumbo hacia el sureste, hacia Francia, aprovechando la oscuridad y el mal tiempo. Los cruceros que lo seguían con radar perdieron el contacto. Durante más de treinta horas, la Royal Navy no supo dónde estaba el Bismarck.
Fue un periodo de angustia extrema para el Almirantazgo. Si el Bismarck alcanzaba la cobertura aérea de la Luftwaffe desde Francia, sería prácticamente imposible hundirlo. Los buques británicos que habían estado persiguiéndolo desde el norte estaban quedándose sin combustible y varios tuvieron que desviarse para repostar.
Irónicamente, fue el propio Lütjens quien facilitó su localización. El almirante alemán, creyendo que los británicos seguían rastreándolo con radar, envió un largo mensaje de radio al mando naval en Alemania detallando su situación y planes. Lo que Lütjens no sabía era que ya había perdido a sus perseguidores. Esa transmisión fue captada por las estaciones de escucha británicas y permitió a los servicios de radiogoniometría calcular una posición aproximada del Bismarck.
El redescubrimiento
Aunque hubo errores iniciales en la interpretación de la posición radiogoniométrica —que enviaron a parte de la flota en la dirección equivocada—, el Almirantazgo corrigió el rumbo y envió aviones de reconocimiento Catalina de la RAF a buscar al Bismarck en la zona probable.
El 26 de mayo a las 10:30 de la mañana, un hidroavión Catalina del Escuadrón 209 de la RAF, pilotado por el oficial Dennis Briggs con un copiloto estadounidense (el alférez Leonard Smith, que técnicamente violaba la neutralidad de Estados Unidos), avistó al Bismarck a unas 690 millas náuticas de Brest. El acorazado alemán estaba a menos de un día de alcanzar la protección de la aviación terrestre alemana.
El ataque de los Swordfish: el torpedo que cambió todo
La única fuerza británica con capacidad de detener al Bismarck antes de que alcanzara Francia era la Fuerza H del almirante James Somerville, que se aproximaba desde Gibraltar con el portaaviones Ark Royal, el crucero de batalla Renown y el crucero Sheffield.
La tarde del 26 de mayo, el Ark Royal lanzó un primer ataque con torpederos Swordfish que resultó en un fiasco: los pilotos atacaron por error al crucero Sheffield, que navegaba por delante para mantener el contacto con radar. Afortunadamente, los torpedos utilizaban espoletas magnéticas defectuosas y la mayoría explotó al tocar el agua o no detonó. El Sheffield salió ileso, y los pilotos recibieron la humillante orden de regresar al portaaviones.
El segundo ataque, lanzado a las 19:10 con quince Swordfish equipados esta vez con espoletas de contacto convencionales, cambió el curso de la historia. Los biplanos se adentraron en un mar embravecido, con olas de hasta quince metros, vientos huracanados y visibilidad casi nula. A pesar de las condiciones extremas y del intenso fuego antiaéreo, los Swordfish atacaron al Bismarck desde múltiples direcciones.
Se registraron dos impactos confirmados. El primero golpeó el cinturón blindado amidships sin causar daño grave. El segundo fue devastador: un torpedo impactó en la popa del Bismarck, junto al timón, deformando las palas del timón y bloqueándolas en una posición de giro a babor de unos 12 grados.
Este único torpedo selló el destino del Bismarck. El acorazado, incapaz de gobernar en línea recta, comenzó a describir círculos en el océano. Los intentos desesperados de la tripulación por reparar el timón fracasaron: la zona dañada estaba parcialmente sumergida y el oleaje violento hacía imposible cualquier trabajo de reparación. Ni siquiera el intento de gobernar con las hélices —ajustando la potencia de cada eje— permitió mantener un rumbo constante hacia Francia.
El almirante Lütjens envió un último mensaje a Berlín: «Barco ingobernable. Lucharemos hasta el último proyectil. Viva el Führer». El Bismarck estaba condenado.
La batalla final: 27 de mayo de 1941
La noche del 26 al 27 de mayo fue un tormento para la tripulación del Bismarck. Destructores británicos de la 4.ª Flotilla —HMS Cossack, Maori, Zulu, Sikh y el destructor polaco ORP Piorun— rodearon al acorazado herido y lanzaron ataques con torpedos durante toda la noche. Aunque ninguno de los torpedos logró un impacto directo confirmado, el hostigamiento constante impidió que la tripulación descansara y mantuvo al Bismarck en un estado de alerta permanente que agotó a unos hombres que llevaban días sin dormir.
Al amanecer del 27 de mayo, los acorazados HMS King George V y HMS Rodney, al mando del almirante John Tovey, cerraron distancia con el Bismarck. El combate final comenzó a las 08:47. El Rodney abrió fuego con sus cañones de 406 mm —los más potentes de cualquier acorazado británico— a unos 22.000 metros, seguido inmediatamente por el King George V con sus cañones de 356 mm.
El Bismarck respondió con sus cuatro torres de 380 mm, y sus primeras salvas estuvieron sorprendentemente cerca del Rodney. Pero la situación era desesperada: el acorazado alemán, incapaz de maniobrar, era un blanco casi estático frente a dos acorazados que podían elegir su posición de tiro.
La destrucción sistemática
En menos de treinta minutos, el Bismarck quedó reducido a una ruina flotante. Uno a uno, sus sistemas fueron destruidos. La torre de mando de proa fue alcanzada tempranamente, matando probablemente al almirante Lütjens y al capitán Lindemann. Las torres de artillería fueron silenciadas una tras otra: primero las delanteras Anton y Bruno, después las traseras Caesar y Dora.
A las 09:15 el Bismarck había dejado de disparar. Pero el acorazado se negaba a hundirse. Su casco, diseñado con un sistema de compartimentación excepcional, resistía impacto tras impacto. Los acorazados británicos continuaron disparando a quemarropa, a distancias tan cortas como 2.700 metros, convirtiendo la superestructura del Bismarck en un amasijo de acero retorcido y llamas.
El almirante Tovey, preocupado por la escasez de combustible de sus buques y la posible amenaza de U-Boote, ordenó cesar el fuego a las 10:15. Para entonces, los buques británicos habían disparado más de 2.800 proyectiles contra el Bismarck, de los cuales se estima que alrededor de 400 dieron en el blanco, más una docena de torpedos lanzados por los cruceros Norfolk y Dorsetshire.
El crucero pesado HMS Dorsetshire recibió la orden de rematar al Bismarck con torpedos. Lanzó tres, dos por babor y uno por estribor. Poco después, a las 10:39 de la mañana del 27 de mayo de 1941, el Bismarck se hundió por la popa y desapareció bajo las olas del Atlántico, a unos 600 kilómetros al oeste de Brest.
¿Hundido o barrenado? El debate sobre el final
Una controversia acompaña al hundimiento del Bismarck desde aquel mismo día. Los supervivientes alemanes siempre sostuvieron que la tripulación abrió las válvulas de inundación y colocó cargas explosivas para hundir el buque, impidiendo que cayera en manos enemigas. Los británicos, por su parte, atribuyeron el hundimiento a los torpedos del Dorsetshire.
Las expediciones submarinas al pecio del Bismarck, localizado en 1989 por Robert Ballard a casi 4.800 metros de profundidad, y posteriores inmersiones con sumergibles, aportaron datos relevantes. El casco presentaba relativamente pocos agujeros por debajo de la línea de flotación, lo que sugiere que los torpedos no penetraron el cinturón blindado principal. Sin embargo, el daño acumulado era tan enorme que el barco habría acabado hundiéndose de todas formas. La conclusión más aceptada hoy es que ambos factores contribuyeron: la tripulación abrió válvulas de inundación, pero el buque ya estaba en proceso de hundimiento por los daños de combate.
Los supervivientes y el rescate truncado
De los 2.221 tripulantes del Bismarck, solo 115 sobrevivieron. El rescate fue una tragedia en sí mismo. El HMS Dorsetshire y el destructor Maori comenzaron a recoger náufragos de las aguas heladas del Atlántico, pero tras izar a unos 110 hombres, una alarma de submarino —probablemente falsa— obligó a los buques británicos a abandonar la zona a toda velocidad, dejando a cientos de marineros alemanes en el agua.
El submarino alemán U-74 y el barco meteorológico Sachsenwald recogieron a otros cinco supervivientes días después. El resto de la tripulación pereció por ahogamiento o hipotermia en las frías aguas del Atlántico Norte.
La pérdida humana fue terrible en ambos bandos. Entre el hundimiento del Hood con 1.415 muertos y el del Bismarck con 2.106, la operación Rheinübung costó más de 3.500 vidas en apenas tres días de combate.
Consecuencias estratégicas del hundimiento del Bismarck
El hundimiento del Bismarck tuvo repercusiones que iban mucho más allá de la pérdida de un buque de guerra. Para la Kriegsmarine, significó el fin de la estrategia de incursiones con grandes buques de superficie en el Atlántico. Hitler, impresionado por la facilidad con que los británicos habían rastreado y destruido su acorazado más potente, prohibió nuevas salidas de los grandes buques al océano abierto. El acorazado gemelo Tirpitz pasó el resto de la guerra escondido en los fiordos noruegos, donde fue finalmente destruido por bombarderos de la RAF en noviembre de 1944 sin haber disparado nunca contra otro buque de guerra.
Esta decisión concentró el esfuerzo naval alemán en la guerra submarina, que durante 1942 alcanzaría su máxima intensidad en lo que los propios submarinistas llamaron el «segundo tiempo feliz». Pero la pérdida de la opción de las incursiones de superficie eliminó una amenaza que había obligado a la Royal Navy a dispersar sus fuerzas para proteger los convoyes contra múltiples tipos de ataques.
Para Gran Bretaña, la victoria proporcionó un enorme impulso moral en un momento en que las noticias eran predominantemente malas. La destrucción del Hood había sido un shock nacional, y el hundimiento del Bismarck tres días después permitió presentar los hechos como una venganza heroica. La propaganda británica explotó la narrativa al máximo, convirtiendo la cacería del Bismarck en una epopeya nacional que restauró la confianza en la Royal Navy.
En un plano más amplio, el episodio demostró la creciente importancia de la aviación naval en la guerra en el mar. Sin el torpedo del Swordfish que inutilizó el timón del Bismarck, el acorazado alemán probablemente habría escapado. Un frágil biplano de tela y madera, con una velocidad máxima inferior a la del propio Bismarck, había decidido el destino de una de las máquinas de guerra más sofisticadas de su época. La lección no pasó desapercibida: el futuro de la guerra naval pertenecía a los portaaviones, no a los acorazados.
Un episodio que definió la guerra naval
El hundimiento del Bismarck condensa en tres días muchos de los elementos que caracterizan a la SGM: la ambición desmesurada, la tecnología enfrentada a la tecnología, el coraje individual frente a fuerzas abrumadoras y el coste humano terrible de las decisiones estratégicas. Los más de tres mil hombres que murieron en ambos bandos pagaron el precio de una guerra que se libraba también en la inmensidad del océano, lejos de los campos de batalla que acaparaban los titulares.
La tumba del Bismarck descansa hoy a casi cinco kilómetros de profundidad en el lecho del Atlántico, declarada cementerio de guerra. Su historia sigue fascinando décadas después porque encarna el momento en que la era de los grandes acorazados dio paso a una nueva forma de hacer la guerra en el mar.