El napalm fue una de las armas más devastadoras y controvertidas de la SGM. Desarrollado en los laboratorios de la Universidad de Harvard en 1942, este compuesto incendiario transformó la guerra aérea y terrestre en el teatro del Pacífico. Su capacidad para adherirse a cualquier superficie y arder a temperaturas extremas lo convirtió en un instrumento de destrucción masiva que cambió para siempre el rostro de la guerra moderna.

Origen y desarrollo: el laboratorio de Harvard
La historia del napalm comienza en 1942, cuando el ejército estadounidense buscaba un agente incendiario más eficaz que los existentes. Las bombas incendiarias convencionales, basadas en termita o fósforo blanco, tenían limitaciones significativas: la gasolina líquida se dispersaba demasiado rápido al impactar y no se adhería a las superficies, reduciendo su capacidad destructiva.
El químico Louis Fieser, profesor de la Universidad de Harvard, recibió el encargo de desarrollar un agente gelificante que espesara la gasolina y la convirtiera en una sustancia pegajosa y persistente. Junto a su equipo de investigadores, Fieser experimentó con diversos compuestos hasta dar con la fórmula definitiva: una mezcla de ácido nafténico y ácido palmítico que, al combinarse con gasolina, producía un gel espeso y altamente inflamable. El nombre napalm nació precisamente de la combinación de las primeras sílabas de ambos ácidos: nafténico y palmítico.
Las primeras pruebas se realizaron en el campo de fútbol americano de Harvard el 4 de julio de 1942. Los resultados superaron todas las expectativas: el gel ardía con una intensidad extraordinaria, se adhería a las superficies y resultaba extremadamente difícil de extinguir con agua. El Departamento de Guerra estadounidense aprobó inmediatamente su producción a gran escala.
Composición química y funcionamiento
El napalm original consistía en un polvo gelificante que se mezclaba con gasolina en proporción variable según el uso previsto. La mezcla resultante tenía una consistencia similar a la de un gel denso que podía proyectarse a distancia y adherirse a prácticamente cualquier material: metal, madera, hormigón, vegetación e incluso piel humana.
Las características que hacían del napalm un arma tan temible eran varias. En primer lugar, su temperatura de combustión alcanzaba entre 800 y 1.200 grados centígrados, lo suficiente para fundir acero y destruir estructuras de hormigón armado. En segundo lugar, la naturaleza gelatinosa del compuesto hacía que se pegara a las superficies, impidiendo que las víctimas pudieran desprenderse de él. En tercer lugar, el napalm consumía rápidamente el oxígeno circundante, provocando asfixia incluso en personas que no estaban en contacto directo con las llamas. Por último, el agua no solo era ineficaz para apagarlo, sino que en algunos casos podía dispersar el gel ardiente, extendiendo las llamas.
La versatilidad del compuesto permitía su uso en diferentes sistemas de armas. Podía cargarse en bombas aéreas, utilizarse como combustible para lanzallamas portátiles y de vehículos, o emplearse en tanques especiales montados sobre aviones para el bombardeo a baja altitud.
Primeras pruebas de combate
El napalm se empleó por primera vez en combate durante la campaña del Pacífico. Las pruebas iniciales tuvieron lugar en 1943, cuando cazabombarderos P-38 Lightning lanzaron tanques auxiliares modificados llenos de napalm sobre posiciones japonesas. Sin embargo, el uso sistemático comenzó en 1944 durante las operaciones en las islas Marianas.
La isla de Tinian , capturada por los marines estadounidenses en julio de 1944, fue uno de los primeros escenarios donde el napalm demostró su eficacia táctica. Los lanzallamas cargados con el gel incendiario resultaron decisivos para neutralizar los sistemas de búnkeres y túneles que las fuerzas japonesas habían excavado en la roca volcánica. Los defensores japoneses, atrincherados en posiciones subterráneas prácticamente invulnerables al fuego de artillería convencional, sucumbían ante el napalm que penetraba por las aberturas de sus fortificaciones, consumiendo el oxígeno y elevando la temperatura hasta niveles letales.
La bomba incendiaria M69
Para maximizar el potencial destructivo del napalm desde el aire, el ejército estadounidense desarrolló la bomba incendiaria M69. Este ingenio, de apenas 2,7 kilogramos de peso, contenía napalm gelificado en un cilindro hexagonal de acero. Las bombas M69 se agrupaban en racimos de 38 unidades dentro de un contenedor E46, que se abría a determinada altitud dispersando las submuniciones sobre un área amplia.
Al impactar, la M69 encendía su carga de napalm mediante una mecha de fósforo y proyectaba el gel ardiente en un radio de varios metros. La combinación de decenas de estas pequeñas bombas incendiarias creaba un efecto devastador, especialmente contra estructuras de madera y papel como las viviendas tradicionales japonesas. Cada racimo podía iniciar múltiples focos de incendio simultáneamente, desbordando la capacidad de los servicios de bomberos.
El bombardeo de Tokio: la noche más destructiva de la guerra
La aplicación más devastadora del napalm tuvo lugar en la madrugada del 10 de marzo de 1945, durante la Operación Meetinghouse. El general Curtis LeMay, al mando del XXI Mando de Bombardeo, ordenó un ataque nocturno a baja altitud sobre Tokio con 334 bombarderos B-29 Superfortress .
LeMay tomó una decisión radical: ordenó desmontar la mayor parte del armamento defensivo de los B-29 para aumentar su capacidad de carga de bombas incendiarias. Los aviones volaron a altitudes de entre 1.500 y 3.000 metros, muy por debajo de lo habitual, para aumentar la precisión del bombardeo. Cada B-29 transportaba entre seis y ocho toneladas de bombas M69 cargadas de napalm.
El ataque se concentró sobre un área de aproximadamente 41 kilómetros cuadrados en el este de Tokio, una zona densamente poblada donde predominaban las construcciones tradicionales de madera, papel y bambú. Los primeros aviones trazaron un perímetro de fuego con bombas incendiarias, creando un anillo de llamas que atrapó a la población civil en su interior.
El resultado fue apocalíptico. Los múltiples focos de incendio se fusionaron en una tormenta de fuego que generó vientos de más de 45 kilómetros por hora, alimentando las llamas y propagando la destrucción más allá de la zona objetivo. Las temperaturas en el epicentro alcanzaron niveles suficientes para hervir el agua de los canales y fundir el metal. La Operación Meetinghouse destruyó más de 267.000 edificios y dejó sin hogar a más de un millón de personas.
Las estimaciones de víctimas mortales oscilan entre 80.000 y 100.000 personas en una sola noche, superando las cifras inmediatas de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki. El bombardeo incendiario de Tokio fue, por número de víctimas, el ataque aéreo más destructivo de toda la historia, un récord que mantiene hasta hoy.
Tras el éxito de la Operación Meetinghouse, LeMay extendió la campaña de bombardeos incendiarios a otras 66 ciudades japonesas. Kobe, Osaka, Nagoya y Yokohama sufrieron ataques similares durante la primavera y el verano de 1945, reduciendo a cenizas amplias zonas urbanas del archipiélago nipón.
Uso contra búnkeres y cuevas: Iwo Jima y Okinawa
Mientras los B-29 arrasaban las ciudades japonesas desde el aire, el napalm desempeñó un papel igualmente decisivo en los combates terrestres de las últimas grandes batallas del Pacífico.
En la Batalla de Iwo Jima (febrero-marzo de 1945), los marines se enfrentaron a un sistema defensivo de más de 18 kilómetros de túneles excavados en la roca volcánica por las tropas del general Kuribayashi. La artillería naval y los bombardeos convencionales apenas hacían mella en estas fortificaciones subterráneas. Los lanzallamas cargados con napalm se convirtieron en el arma más eficaz para neutralizar cada posición fortificada, casamata y cueva. Los operadores de lanzallamas, pese a su alta tasa de bajas por ser blancos prioritarios, resultaron indispensables para el avance metro a metro de los marines.
La Batalla de Okinawa (abril-junio de 1945) repitió y amplificó este patrón. Las defensas japonesas en la Línea Shuri, un complejo de cuevas, túneles y posiciones fortificadas, resistieron semanas de bombardeo artillero. Los tanques Sherman equipados con lanzallamas de largo alcance cargados con napalm fueron decisivos para romper la resistencia nipona. Aviones de apoyo cercano también lanzaron tanques de napalm sobre posiciones enemigas, combinando el efecto del fuego con el del impacto.
Uso en el teatro europeo
Aunque el napalm se asocia principalmente con la guerra del Pacífico, también se empleó en el teatro europeo, si bien a menor escala. Los cazabombarderos aliados utilizaron tanques de napalm contra posiciones defensivas alemanas en Francia e Italia durante 1944 y 1945. El arma resultó especialmente eficaz contra casamatas de la Línea Sigfrido y contra concentraciones de vehículos blindados.
Sin embargo, el uso del napalm en Europa fue más limitado por varias razones. Las construcciones europeas de piedra y ladrillo eran menos vulnerables al fuego que las japonesas de madera. Además, la mayor preocupación por las víctimas civiles en territorio aliado liberado restringía el empleo de armas incendiarias en áreas pobladas. En el Pacífico, estas restricciones se aplicaron con mucha menos rigidez.
Controversia ética y legado
El uso masivo del napalm contra ciudades japonesas generó debate incluso entre los mandos militares estadounidenses. El propio general LeMay reconoció que, de haber perdido la guerra, habría sido juzgado como criminal de guerra por los bombardeos incendiarios. La línea entre objetivo militar y población civil se difuminó por completo en la campaña de bombardeos estratégicos de 1945.
Desde el punto de vista estrictamente militar, el napalm fue un arma decisiva. Contribuyó significativamente a la destrucción de la capacidad industrial japonesa y a minar la moral de la población civil, factores que pesaron en la decisión de Japón de aceptar la rendición. Sin embargo, el coste humano fue inmenso: se estima que los bombardeos incendiarios causaron entre 300.000 y 500.000 víctimas civiles japonesas en total.
El legado del napalm se extendió mucho más allá de la SGM. El compuesto se empleó de forma masiva en la Guerra de Corea (1950-1953) y se convirtió en el símbolo de los horrores de la Guerra de Vietnam, donde una versión mejorada llamada napalm-B sustituyó a la fórmula original. La imagen de la niña Kim Phúc huyendo de un ataque con napalm en 1972 se convirtió en uno de los iconos más poderosos del movimiento antibélico.
En 1980, la Convención sobre ciertas armas convencionales de las Naciones Unidas restringió el uso de armas incendiarias contra concentraciones de civiles, aunque no prohibió el napalm de forma absoluta. Su sombra sigue proyectándose sobre los conflictos armados del siglo XXI como recordatorio de los límites éticos de la guerra.