La Armada Imperial Japonesa entró en la Segunda Guerra Mundial con la mayor flota de submarinos del mundo. Con más de 60 unidades operativas en diciembre de 1941, sus sumergibles eran también los más grandes, los más rápidos en superficie y los de mayor autonomía de cualquier marina de guerra. Entre ellos se encontraban los extraordinarios submarinos portaaviones de la clase Sen-Toku, los mayores buques sumergibles construidos hasta la aparición del submarino nuclear en la década de 1950. Sin embargo, una doctrina de empleo equivocada impidió que esta formidable fuerza alcanzara resultados proporcionales a su potencial, y la guerra submarina japonesa acabó siendo una de las grandes oportunidades perdidas de la SGM.

El submarino japonés I-400 con su tripulación a bordo tras la rendición de Japón en 1945
El submarino I-400 con tripulación japonesa a bordo tras la rendición en 1945, uno de los mayores submarinos de la SGM US Navy · Dominio público

Una flota submarina sin igual

Japón había invertido enormemente en su fuerza submarina durante el período de entreguerras. Influidos por la experiencia de la Primera Guerra Mundial y por asesores navales británicos y alemanes, los ingenieros japoneses desarrollaron una gama de submarinos que superaba en tamaño y prestaciones a los de cualquier otra marina. A diferencia de los U-Boot alemanes , diseñados como lobos de manada para la guerra comercial, los submarinos japoneses se concibieron como complemento de la flota de superficie, destinados a debilitar a la escuadra enemiga antes de la batalla decisiva que la doctrina naval japonesa consideraba inevitable.

Al comenzar la guerra, la Armada Imperial disponía de varios tipos de submarinos. Los clase I (serie Otsu) eran grandes cruceros submarinos de más de 100 metros de eslora, capaces de cruzar el Pacífico sin repostar. Los clase B (serie Otsu B) portaban un pequeño hidroavión de reconocimiento en un hangar estanco a proa de la torre. Los clase C (serie Hei) eran versiones simplificadas para producción masiva. Y los clase RO, más pequeños, operaban en aguas costeras y como complemento defensivo.

En total, Japón construyó alrededor de 170 submarinos durante la guerra, un número considerable aunque muy inferior a los más de 1.100 U-Boot alemanes. La diferencia radicaba en la filosofía: Japón apostó por pocos submarinos grandes y sofisticados, mientras que Alemania priorizó la cantidad con diseños más sencillos y rápidos de fabricar.

La clase Sen-Toku: los submarinos portaaviones

El proyecto más ambicioso de la guerra submarina japonesa fue la clase I-400, conocida oficialmente como clase Sen-Toku (abreviatura de Sensuikan Toku, submarino especial). Estos leviatanes representaban un concepto único en la historia naval: un submarino capaz de transportar, armar, lanzar y recuperar tres bombarderos Aichi M6A Seiran.

Dimensiones colosales

El I-400 medía 122 metros de eslora y desplazaba 6.500 toneladas en inmersión, lo que lo convertía en el submarino más grande del mundo hasta la llegada del USS Nautilus nuclear en 1954. Su casco doble de sección en forma de ocho le daba una silueta inconfundible. Sobre la cubierta, un hangar cilíndrico de 37 metros albergaba los tres Seiran con las alas plegadas, y una catapulta neumática de 26 metros los lanzaba al aire en apenas cuatro segundos.

La tripulación ascendía a 144 hombres, que vivían en condiciones relativamente espaciosas para un submarino de la época. La autonomía alcanzaba las 37.500 millas náuticas a 14 nudos, suficiente para circunnavegar el globo sin repostar. Cuatro motores diésel de 7.700 caballos de potencia total le daban una velocidad en superficie de 18,7 nudos, mientras que sumergido alcanzaba 6,5 nudos con sus motores eléctricos.

La misión contra el Canal de Panamá

El plan original para los I-400 era extraordinariamente audaz: atacar las esclusas del Canal de Panamá con sus bombarderos, inutilizando la vía que permitía a Estados Unidos trasladar buques entre el Atlántico y el Pacífico. El almirante Isoroku Yamamoto había ordenado la construcción de 18 unidades de esta clase, aunque las dificultades industriales y la escasez de materiales redujeron la producción a solo tres: el I-400, el I-401 y el I-402 (este último reconvertido en submarino cisterna).

Para el verano de 1945, los I-400 e I-401 estaban listos para la misión contra Panamá, pero la situación estratégica era ya tan desesperada que el objetivo se cambió al fondeadero de la flota estadounidense en el atolón de Ulithi. La rendición de Japón en agosto de 1945 impidió que la operación se llevara a cabo. Los estadounidenses, al capturar estos submarinos, quedaron tan impresionados que los estudiaron exhaustivamente antes de hundirlos en el Pacífico para evitar que los soviéticos accedieran a su tecnología.

Uso estratégico: la gran oportunidad perdida

La tragedia de la fuerza submarina japonesa fue su empleo táctico. Mientras que Alemania utilizó sus U-Boot para estrangular las líneas de suministro aliadas en el Atlántico con resultados devastadores, Japón destinó sus submarinos a atacar buques de guerra en lugar de la vulnerable flota mercante estadounidense. Esta decisión fue un error estratégico monumental.

Estados Unidos dependía de larguísimas líneas de aprovisionamiento que cruzaban el Pacífico para sostener sus operaciones. Un ataque sistemático contra los transportes y petroleros habría ralentizado considerablemente el avance aliado. Sin embargo, la doctrina japonesa consideraba indigno atacar mercantes: los submarinos debían enfrentarse a acorazados y portaaviones como parte de la flota combinada.

El resultado fue desastroso. Los submarinos japoneses hundieron algunos buques de guerra importantes, incluidos los portaaviones USS Wasp y USS Yorktown (ya dañado en Midway), pero sufrieron pérdidas insostenibles al operar en aguas fuertemente patrulladas cerca de las flotas enemigas. En contraste, los submarinos estadounidenses clase Gato aplicaron exactamente la estrategia que Japón despreció: la guerra al comercio. Los submarinos americanos hundieron el 55 % de la marina mercante japonesa, contribuyendo decisivamente a la derrota del Imperio.

El I-25 y los ataques contra territorio americano

Uno de los episodios más insólitos de la guerra submarina tuvo como protagonista al I-25, un submarino de la clase B tipo B1. En septiembre de 1942, su piloto Nobuo Fujita lanzó un hidroavión Yokosuka E14Y (conocido como Glen por los aliados) desde las costas de Oregón y arrojó bombas incendiarias sobre los bosques cercanos a Brookings, convirtiéndose en el único ataque aéreo enemigo sobre el territorio continental de Estados Unidos durante la SGM. Los bosques húmedos del otoño impidieron que los incendios se propagaran, y el daño fue mínimo.

El I-25 también bombardeó con su cañón de cubierta el fuerte Stevens en la costa de Oregón, aunque sin causar daños significativos. Estos ataques tuvieron más valor propagandístico que militar, pero demostraron la capacidad de alcance extraordinaria de los submarinos japoneses.

Torpedos: la ventaja del Long Lance

Los submarinos japoneses contaban con el torpedo Tipo 95, una versión submarina del legendario Tipo 93 Long Lance. Este torpedo de oxígeno puro tenía un alcance de 9.000 metros a 49 nudos y portaba una cabeza de guerra de 405 kilogramos de explosivo. Era significativamente superior a cualquier torpedo aliado de la época tanto en alcance como en fiabilidad, y no dejaba la estela de burbujas característica de los torpedos de aire comprimido, lo que dificultaba su detección.

Sin embargo, esta ventaja técnica quedó neutralizada por la doctrina de empleo. Los submarinos japoneses disparaban sus torpedos contra blancos de guerra fuertemente escoltados, donde las posibilidades de éxito eran menores y el riesgo de contraataque era máximo.

Kaiten: los torpedos suicidas

En la fase final de la guerra, la desesperación llevó a Japón a desarrollar los Kaiten, torpedos tripulados suicidas que se lanzaban desde submarinos. Basados en el torpedo Tipo 93, los Kaiten llevaban una cabeza de guerra de 1.550 kilogramos y eran guiados por un piloto que no tenía posibilidad de escapar.

El primer ataque Kaiten tuvo lugar en noviembre de 1944 contra el fondeadero de Ulithi, hundiendo el petrolero USS Mississinewa. A lo largo de los últimos meses de la guerra se realizaron varias misiones Kaiten, pero los resultados fueron limitados en proporción a los sacrificios. Varios submarinos portadores fueron hundidos antes de poder lanzar sus Kaiten, y muchos torpedos tripulados fallaron mecánicamente o fueron destruidos por las defensas antisubmarinas. Se estima que alrededor de 100 pilotos Kaiten murieron en combate o durante entrenamientos.

Especificaciones técnicas comparadas

CaracterísticaI-400 (Sen-Toku)I-176 (clase I, tipo KD7)Gato (EE. UU.)U-Boot tipo VIIC (Alemania)
Eslora122 m105 m95 m67 m
Desplazamiento (inmersión)6.500 t2.600 t2.424 t871 t
Velocidad superficie18,7 nudos23 nudos20,3 nudos17,7 nudos
Velocidad inmersión6,5 nudos8 nudos8,8 nudos7,6 nudos
Autonomía37.500 mn14.000 mn11.000 mn8.500 mn
Tripulación144868044-52
Tubos de torpedos86105
Aviones3000
Profundidad operativa100 m100 m90 m100 m

Balance y pérdidas

La guerra submarina japonesa fue costosa en vidas humanas. De los aproximadamente 170 submarinos que participaron en el conflicto, unos 130 se perdieron, una tasa de destrucción cercana al 75 %. Murieron alrededor de 10.000 submarinistas japoneses, un porcentaje de bajas comparable al de la fuerza de U-Boot alemana.

Las causas principales de las pérdidas fueron los ataques aéreos, las cargas de profundidad de destructores y escoltas, y la creciente eficacia de los sistemas de detección aliados como el radar y el sonar. A partir de 1943, la superioridad tecnológica y numérica estadounidense hizo que las patrullas submarinas japonesas se convirtieran en misiones casi suicidas.

Legado de los submarinos japoneses

A pesar de sus fracasos estratégicos, los submarinos japoneses dejaron un legado tecnológico notable. El concepto del submarino portaaviones, materializado en la clase Sen-Toku, fue estudiado minuciosamente por Estados Unidos y la Unión Soviética tras la guerra, influyendo en el desarrollo de submarinos lanzamisiles. La idea de proyectar fuerza aérea desde un submarino sobrevivió en los misiles de crucero que los submarinos nucleares modernos pueden lanzar desde inmersión.

El ataque a Pearl Harbor contó con la participación de cinco minisubmarinos clase Ko-hyoteki, aunque ninguno tuvo éxito y todos se perdieron. Este episodio ilustra otra faceta de la innovación submarina japonesa: los minisubmarinos de ataque, un concepto que otras marinas exploraron posteriormente.

Los torpedos de oxígeno japoneses también influyeron en el diseño de torpedos de posguerra, y la doctrina Kaiten, por terrible que fuera, anticipó el concepto de armas guiadas de precisión que dominaría los conflictos posteriores.

La historia de los submarinos japoneses es, en definitiva, un ejemplo de cómo la excelencia técnica puede quedar anulada por errores doctrinales. Japón construyó los submarinos más avanzados de su época, pero los empleó de manera que no aprovechó sus capacidades. Mientras los U-Boot alemanes estuvieron cerca de ganar la batalla del Atlántico con submarinos mucho más modestos, la poderosa flota submarina japonesa se desgastó en misiones que no correspondían a su verdadero potencial estratégico.