Horrores de la Segunda Guerra Mundial: Theresienstadt

Theresienstadt: campo “modelo” de la Segunda Guerra Mundial

Tras la Segunda Guerra Mundial, el campo de Theresienstadt pasó a la Historia por su vida cultural, sus prisioneros célebres y el engaño sin precedentes a los responsables de la Cruz Roja por parte de los nazis.

Lo que muchas personas no saben es que tras una serena (y orquestada) fachada se escondía un campo de concentración cruel y sádico. Con una población de sesenta mil judíos hacinados en un área inicialmente designada para tan solo siete mil, los problemas de espacio, las enfermedades y la escasez de alimentos eran problemas muy tangibles. Lo cierto es que, en muchas maneras, la vida y la muerte dentro de Theresienstadt giraban en torno a los frecuentes transportes rumbo al infame campo de Auschwitz-Birkenau.

Los inicios de Theresienstadt

En 1941, la situación de los judíos checos iba de mal en peor. Los nazis estaban en proceso de crear un plan sobre cómo tratar y qué hacer con los judíos de Checoslovaquia. Los judíos checos ya conocían los horrores de la pérdida y de la desunión desde el inicio de los convoyes de trenes hacia el este.

Muchos líderes de la comunidad judía consideraban que sería mejor para su comunidad estar concentrados juntos en un mismo lugar y no terminar desperdigados por el este de Europa en medio de los horrores de la Segunda Guerra Mundial.

Al mismo tiempo, los nazis tenían un dilema qué resolver. ¿Cómo iban a lograr transportar sin disturbios a la generación más anciana de judíos? A los más jóvenes ya se les había engañado para montar a los trenes de la muerte bajo el pretexto de una relocalización en el este para trabajar en nuevos asentamientos semitas.

Los alemanes decidieron que Terezin, a poco más de 100 km al norte de Praga, serviría como emplazamiento para un nuevo campo de concentración, sorprendiendo a los judíos, que pensaban que irían a parar a un sector especial de Praga específicamente designado para ellos.

La ciudad de Terezin fue originalmente construida por el emperador José II de Austria y denominada con ese nombre en honor a su madre, la emperatriz María Teresa. Terezin contaba con una fortaleza grande y otra pequeña. La grande estaba rodeada de murallas y tenía barracas. La pequeña estaba destinada al alojamiento de presos peligrosos. Terezin dejó de usarse con fines defensivos en 1882, convirtiéndose en una ciudad de estacionamiento de tropas, sin grandes cambios y casi separada del resto del entorno rural local. Terezin cambió radicalmente en 1941, cuando los alemanes la rebautizaron como Theresienstadt (Ciudad de Teresa) en noviembre de 1941.

Condiciones iniciales en Theresienstadt

Los nazis enviaron aproximadamente a 1 300 varones judíos en dos convoyes el 24 de noviembre y el 4 de diciembre de 1941. Estos trabajadores  formaron el Aufbaukommando (pelotón de construcción). Su misión era transformar Terezin en un campo de concentración para judíos.

El problema principal y más complejo al que tuvieron que enfrentarse estos trabajadores forzosos era el de transformar una ciudad que en 1940 contaba con unos 7 000 residentes en un campo de concentración con capacidad para 40 000 – 60 000 deportados.

Aparte del problema de escasez de alojamiento, los baños brillaban por su ausencia, el suministro de agua era muy limitado y contaminado, y la electricidad no tenía un suministro estable.

Para resolver estos problemas, así como para lograr que se ejecutasen las órdenes alemanas sin grandes problemas, logrando coordinar el día al día en el campo, los nazis nombraron a Jakob Eldestein Judenälteste (el judío más anciano responsable de la comunidad) y establecieron un Judenrat (Consejo Judío).

Cabe destacar que a medida que los grupos de trabajo judíos transformaban Theresienstadt, la población checa local observaba todo el proceso con atención. Pese a que algunos residentes trataban de ayudar a los judíos en lo poco que podían, la mera presencia de ciudadanos checos aumentaba las restricciones que debían soportar los judíos.

Poco tiempo después, se procedió a la evacuación de la población checa y los judíos quedaron completamente a merced de los alemanes.

Theresienstadt: la llegada masiva de deportados judíos

Cuando comenzaron a llegar a gran escala los convoyes de judíos a Theresienstadt, la información disponible sobre el campo difería mucho en función de cada deportado. Algunos tenían información previa y pudieron ocultar objetos personales y de valor.

Otros, especialmente los de edad más avanzada, fueron engañados por los nazis y pensaban que se dirigían a un balneario o a un hogar de retiro. Muchos ancianos de hecho llegaron a pagar grandes cantidades de dinero para “reservar” un lugar bonito en su nuevo “hogar”. Cuando llegaron, fueron hacinados en los mismos espacios que los demás.

Para llegar a Theresienstadt, miles de judíos, ortodoxos y seculares, fueron deportados de sus antiguas casas. Al principio, muchos de los desplazados semitas eran checos, pero al final terminaron también llegando judíos alemanes, austriacos y holandeses. Estos judíos eran apiñados en vagones de ganado sin agua, comida y con nula higiene.

Los trenes descargaban su “mercancía” humana en Bohusovice, la estación más próxima a Theresienstadt, a unos dos kilómetros. Los deportados eran obligados entonces a bajarse del tren y a realizar el pie esos dos kilómetros (llevando consigo todo su equipaje).

Una vez que los deportados llegaban a Theresienstadt, tenían que dirigirse al punto de control (conocido como “compuerta” o “Schleuse” en el argot del campo). Los alemanes registraban los datos personales de cada judío en un archivo.

Inmediatamente después, los nazis o los gendarmes checos procedían al cacheo en busca de joyas, dinero, cigarrillos y demás artículos prohibidos en el campo, como los cosméticos. Durante este proceso inicial, a los prisioneros se les asignaba su “alojamiento”.

Fuente y autoría: Diether [bajo licenciaCC BY-SA 3.0], vía Wikimedia Commons

Cartel informativo a la entrada del campo de Theresienstadt (Terezin, República Checa en la actualidad)

El alojamiento en Theresienstadt

Uno de los problemas principales de la enorme afluencia de personas al campo era el problema del alojamiento. ¿Dónde iban a dormir 60 000 personas en una enclave con espacio para 7 000? La administración del campo trataba infructuosamente de solucionar un problema irresoluble.

Se construyeron literas triples y se usó todo el espacio disponible en el suelo. En agosto de 1942, a mediados de la Segunda Guerra Mundial, con una población de internos que aún no había alcanzado su nivel máximo, el espacio asignado a cada recluso era de 1,8 metros cuadrados.

Las zonas de estar/dormir estaban infestadas de alimañas. Había plagas de todo tipo: ratas, pulgas, moscas y piojos. Había prisioneros que decían que llegó a ser necesario recurrir al queroseno para librarse de las pulgas. En dichas zonas había segregación por sexo y por edad. Las mujeres y los menores de doce años eran separados de los hombres y niños mayores de dicha edad.

En lo referente a la comida, había grandes carencias. Al principio, no había ni tan siquiera perolas suficientes para cocinar para todos. En mayo de 1942, se estableció el racionamiento segmentado en función de los diferentes estamentos sociales del campo. Por ejemplo, los internos que hacían trabajos forzados recibían la mayor parte de la comida mientras que los ancianos apenas recibían nada.

La escasez de comida diezmó a los mayores del campo. La malnutrición, la falta de medicinas y la propensión normal a padecer enfermedades en esa franja de edad hizo que su tasa de mortalidad se disparase por las nubes.

La muerte en Theresienstadt

Inicialmente, los que morían eran envueltos en una sábana y enterrados. Sin embargo, pronto la falta de comida, de medicinas y de espacio cambiaron la manera de obrar: el número de cadáveres comenzaba a ser imposible de gestionar adoptando un enfoque “tradicional”.

En septiembre de 1942 se construyó un crematorio. No se construyeron cámaras de gas con el crematorio. Su construcción tenía por objetivo deshacerse del creciente número de cuerpos y nada más. El crematorio podía deshacerse de 190 cadáveres al día.

Tras escudriñarse las cenizas resultantes en búsqueda de oro derretido (de los dientes), estas se colocaban en una caja de cartón y se almacenaban. Muy poco antes de terminar la Segunda Guerra Mundial, los nazis trataron de borrar sus huellas deshaciéndose de las cenizas. Casi 8 000 cajas de cartón fueron a parar a un hoyo enorme y otras 17 000 terminaron en el río Ohre.

Cabe destacar que Theresienstadt no era un campo de exterminio y que, aunque la tasa de mortalidad en el campo era alta, lo que les inquietaba realmente a los internos eran los transportes que salían frecuentemente rumbo a los peores campos de la muerte del este de Europa.

Los temidos trenes de Theresienstadt a Auschwitz

Tras la llegada al campo, muchos tenían la esperanza de que vivir en el campo les evitaría ser deportados otra vez al este, permaneciendo en Theresienstadt hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial.

El 5 de enero de 1942, menos de dos meses desde la llegada de los primeros convoyes de deportados, las esperanzas se hicieron añicos: la orden del día número 20 anunciaba el primer transporte con salida desde Theresienstadt.

Los convoyes de transporte abandonaban el campo con frecuencia y cada uno estaba formado por 1 000 – 5 000 internos. Los nazis decidían el número definitivo de personas que tenían que subirse a cada tren de deportación, pero el peso de decir exactamente quiénes se lo dejaban sádica y astutamente a los propios judíos. El Judenrat (Consejo de Ancianos) era responsable directo de cumplir con los requisitos numéricos de los nazis.

Sobrevivir a la Segunda Guerra Mundial dependía enormemente de la inclusión o no en una de las temidas listas de trenes hacia el este de Europa, dependía de conseguir lo que se conocía como “protección”. Por ejemplo, todos los miembros de los Ausbauskommandos (pelotones de construcción del campo) y cinco familiares quedaban automáticamente excluidos de la lista.

Desempeñar trabajos que ayudaban al esfuerzo bélico alemán en la Segunda Guerra Mundial era también una buena manera de obtener la ansiada protección o bien ser trabajadores importantes en la administración del campo o, en última instancia, figurar en la lista de exclusión de otro interno.

Encontrar modos de incluirse a uno mismo y a la familia en una lista de protección y, por ende, excluirse de las infames listas de deportación, se convirtió en el objetivo primordial de todos y cada uno de los habitantes del campo de Theresienstadt.

A pesar de que algunos internos lograron conseguir protección, entre la mitad y un tercio de la población reclusa local se quedó sin ella. Ante el anuncio de cada nuevo transporte, eran muchos los que tragaban saliva y confiaban en no ver sus nombres incluidos en una de las listas de la muerte.

Theresienstadt, “paraíso de los deportados”

El 5 de octubre de 1943, en el ecuador de la Segunda Guerra Mundial, llegó el primer convoy de judíos daneses deportados al campo de Theresienstadt. Al poco tiempo de su llegada, la Cruz Roja danesa y la Cruz Roja sueca comenzaron a preguntar por el paradero y la situación de los deportados. Los nazis decidieron astutamente que lo mejor sería permitirles visitar un campo para demostrarle a los daneses y al mundo entero que los judíos estaban viviendo “reasentados con dignidad”.

Los nazis tuvieron que responder a la pregunta siguiente: ¿cómo podrían maquillarse las plagas, el hacinamiento, la malnutrición y la alta mortalidad del campo y hacer de Theresienstadt una convincente pantomima que reforzara su imagen de cara a la galería internacional?

En diciembre de 1943, los nazis le comunican al Judenrat de Theresienstadt su plan para elaborar una pantomima con fines propagandísticos. El comandante del campo, el coronel de las SS Karl Rahm toma las riendas del plan. Se planea la ruta exacta que recorrerán los responsables de la Cruz Roja.

Se toma la decisión de embellecer todos los edificios y caminos por los que discurrirá la visita con enredaderas, flores y bancos. Se decide añadir a la escena teatral una zona de juegos infantiles, campos deportivos e incluso un monumento. Se acuerda la ampliación de los barracones de los judíos ilustres y de los daneses, añadiéndoles muebles, cortinas y macetas.

Lo cierto es que incluso con la transformación física del campo, Rahm consideraba que había demasiados internos. Por este motivo, Rahm ordena la deportación de 7 500 prisioneros. Esta deportación fue especialmente sádica, ya que fue cubierta con todos los niños huérfanos y con los reclusos más enfermos, para contribuir así a mejorar la imagen del campo.

La Segunda Guerra Mundal sacó a la luz lo peor del ser humano. El nivel de perversión nazi alcanzó cotas surrealistas. A la hora de orquestar toda esta pantomima, no olvidaron ni del más mínimo detalle. Pusieron un cartel sobre un edificio en el que se podía leer “Escuela infantil” así como otro en que se leía “cerrada durante las vacaciones”. Huelga decir que nadie iba a la escuela y que no había vacaciones de ningún tipo en el campo.

El 23 de 1944 llegaba finalmente la comisión de la Cruz Roja y los nazis tenían todo atado y bien atado. A medida que la visita avanzaba, iban sucediéndose acciones teatrales especialmente guionizadas para la visita: panaderos cociendo pan, mozos entregando verduras frescas y trabajadores cantando. De hecho, los nazis quedaron tan impresionados con su propia propaganda, que decidieron filmar el vídeo que puede verse a continuación (titulado oficialmente como El Führer regala una ciudad a los judíos, surrealismo puro).

El teatro de la Segunda Guerra Mundial cancela la función y cierra el telón

Una vez terminada la pantomima, los internos sabían bien que se retomarían las deportaciones. El 23 de septiembre de 1944, los nazis ordenaron un transporte de 5 000 personas relativamente sanas y en forma. Los nazis habían decidido terminar con el campo y se decantaron por deportar inicialmente a los judíos que podrían originar revueltas o complicaciones.

De nuevo el retorcimiento de las SS: consiguieron reunir otro convoy de 1 000 judíos más de manera voluntaria, engañando a los deportados con el pretexto de ofrecerles la opción de reunirse con sus familias en el nuevo “lugar de reasentamiento”. Tras estas 6 000 deportaciones, los trenes salían y salían del campo frecuentemente. Todas las listas de protección fueron abolidas y los nazis decidían ahora quién iba en cada transporte de la muerte.

La Segunda Guerra Mundial estaba perdida para el Tercer Reich y las SS trataban de seguir engañando a la comunidad internacional con la esperanza de librarse de las condenas de la posguerra. Los nazis firmaron varios acuerdos con Suiza. Incluso llegó a enviarse al país alpino un transporte con internos del campo.

A medida que el ejército alemán era derrotado batalla tras batalla, había que mover a las poblaciones de deportados de los campos del este, así que comenzaron a llegar internos en trenes y marchas de la muerte desde campos de concentración como Auschwitz-Birkenau o Treblinka. La salud de estas personas era pésima y se declararon muchos casos de tifus.

El campo de Theresienstadt no estaba preparado para acoger a tanta gente y, por tanto, fue imposible aplicar una cuarentena estricta de los deportados que presentaban enfermedades infecciosas. ¿El resultado? Uno de los peores brotes de tifus que se recuerdan en la Segunda Guerra Mundial se declaró en el campo.

No solo el tifus hizo acto de presencia. La verdad sobre los transportes al este por fin salió claramente a la luz, haciendo saltar por los aires cualquier atisbo de esperanza que aún pudieran guardar los internos originales del campo. Ya no era una cuestión de rumores y, en este caso, el horror de la verdad sin edulcorantes sobrepasaba con creces a cualquier tipo de invención.

El 3 de mayo de 1945, el campo de Theresienstadt quedó bajo protección de la Cruz Roja Internacional: la pesadilla ya casi había llegado a su fin con la conclusión del teatro de operaciones europeo de la Segunda Guerra Mundial.

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