Españoles republicanos: atrapados entre Franco y Hitler

Republicanos españoles atrapados en la Segunda Guerra Mundial

Los historiadores de la Resistencia durante la Segunda Guerra Mundial aún deben profundizar más en la participación de republicanos españoles en la lucha contra el nazismo. Hombres y mujeres que, perdida ya la Guerra Civil Española y disuelto el gobierno de la II República, decidieron cruzar los Pirineos para seguir con su lucha ideológica y escapar de la feroz represión de los vencedores una vez ganada la contienda.

Como muchos otros, se unirían a los maquis (guerrilleros) porque sentían el deber de defender una idea, una esperanza, un futuro. Supervivientes del Frente de Cataluña, del de Madrid, del de Teruel, etc., conocerían todavía las penurias de la deportación y muchos terminarían sus días en un campo de concentración alemán. Es de justicia recordar a todos esos españoles que pisaron los primeros las calles de París en el día de su liberación, allá por agosto de 1944, dentro de la División Leclerc.

El compromiso de los republicanos españoles al lado de las tropas de la Francia Libre o dentro de organizaciones clandestinas invita a la reflexión. Las acciones de Jean Moulin o de Charles De Gaulle se entienden dado que responden a una lógica definida: expulsar de su país natal a la fuerza de ocupación y devolverle el honor perdido a una patria derrotada. Cabe preguntarse entonces qué sentido hay que darle a la lucha llevada a cabo por la Resistencia española.

Los voluntarios que llegaban a Francia procedentes de España tenían seguramente la motivación de compartir con sus camaradas de lucha una misma experiencia política, un mismo sistema de valores. Asimismo, los vencidos de la Guerra Civil Española tenían planes más concretos. Por ejemplo, consideraban necesaria la caída del nazismo, pero solo como una primera etapa que culminaría con la caída del régimen franquista.

Una vez derrotado en Italia y en Alemania, ¿podría el fascismo mantenerse vivo en España sin provocar ninguna reacción adversa en las naciones traumatizadas tras años de sangre y destrucción? Los partisanos republicanos lo tenían claro: no. Lo cierto es que su victoria fue agridulce, ya que sus esperanzas fueron hechas añicos tras el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Han pasado ya casi setenta años y muchos miembros de la Resistencia española se llevaron a la tumba la amargura de un sentimiento de traición, de una ilusión aniquilada, de una promesa incumplida, de un combate para nada. 1945, con la Segunda Guerra Mundial terminada, marca el inicio de una huida indefinida: estos republicanos no podrían regresar a España e iniciarían el largo y cansado camino del exilio.

Antecedentes – 1939: tiempo de derrota, tiempo de exilio

La caída del Frente de Cataluña (diciembre de 1938) y la caída de la ciudad de Barcelona (enero de 1939) anunciaban las últimas semanas de la lucha fratricida en España. Madrid seguía resistiendo pero las tropas franquistas preparaban su ofensiva final. Los republicanos no lograrían contener el ataque. La contienda había sacado lo peor de las dos Españas.

Los actos de ambos bandos en toda la nación no hacían presagiar clemencia para el bando vencido. La hora de los ajustes de tiempo de posguerra, peores que la guerra misma, se cernía sobre los perdedores cual guillotina afilada. La represión de Franco no entendería de misericordias. Para miles de personas, la única salida era la huida. Escapar, sí, ¿pero a dónde? Francia parecía la mejor (y única) salida.

Ahora bien, atravesar los Pirineos en pleno invierno y escapar a la estrecha vigilancia de las patrullas franquistas no era un asunto baladí. Familias enteras se aventuraban por los senderos montañosos. Así lo atestiguan las fotografías de los reporteros extranjeros de la época: hileras interminables de carromatos y famélicas bestias de carga para salvar unas pocas pertenencias: un colchón, un mueble, un reloj, un retrato, etc.

En unos pocos días, desde finales de enero a principios de febrero de 1939, quinientos mil refugiados republicanos cruzan los Pirineos. Una masa de fugitivos agotados y desesperados se apresura a llegar a las puertas de los primeros pueblos franceses. La gravedad de la situación supera a las autoridades: París no supo calcular el drama que ocurriría tras la victoria de una de las dos Españas sobre la otra.

No había tiempo que perder y era necesario abordar apresuradamente las cuestiones más urgentes. Se habilitaron hospitales y cuarteles militares en el sudoeste de Francia. Al menos así centenares de mujeres y niños lograron encontrar un momento de descanso. Descanso efímero, ya que todo estaba perdido y no había un rumbo claro que tomar.

La avalancha humana hizo pronto imposible atender a las necesidades de medio millón de refugiados. ¿Qué podía hacerse con el cuarto de millón de personas aún bloqueado en la frontera?

Los responsables políticos temían desórdenes si se permitiría una entrada incontrolada de apátridas desarraigados. Se decide entonces agrupar a los exiliados detrás de las alambradas de espino de campos vigilados (construidos a toda prisa entre enero y abril de 1939). Más humillaciones para un grupo de personas que comenzaban a sentir que habían perdido cualquier atisbo de dignidad.

Fuente y autoría: Locospotter [bajo licenciaCC BY-SA 3.0], vía Wikimedia Commons

Una decena de emplazamientos acogen los primeros campamentos de barracas: Saint Cyprien, Argelès, Gurs, etc. Sin agua corriente, sin electricidad, sin calefacción, cada uno tenía que arreglárselas por si mismo como bien podía.

Los republicanos españoles internos tenían que apiñarse en superficies reducidas (por citar un ejemplo, en Barcarès, setenta mil exiliados españoles se hacinaban en unas veinte hectáreas). Inevitablemente, se declaran las primeras epidemias de disentería, con resultados catastróficos: quince mil muertos según algunos testimonios.

Pese a todas estas calamidades, dentro de los campos, iba tomando forma una cierta clase de organización social. Los refugiados españoles se adaptan, se reúnen y se ayudan. Las conversaciones no se centran solo en las preocupaciones diarias (qué llevarse a la boca, cómo y dónde asearse, etc.), sino que también abordan cuestiones políticas.

En los campos de internamiento, comunistas, socialistas, anarquistas y sindicalistas encuentran un lugar para tratar sus inquietudes. Redes que habían sido desmanteladas ante la inminente victoria de las tropas del general Franco vuelven a tejerse paulatinamente. Se habla del futuro, se vislumbra, se espera. Comienzan incluso a publicarse precariamente los primeros números de un periódico. Los sufrimientos y el agotamiento no consiguieron matar la determinación de los republicanos españoles vencidos: el combate contra el franquismo debía continuar, aunque fuera por otros cauces.

Volver a España, un sueño quimérico para los exiliados. Una solución sin duda para las autoridades francesas que veían como sus campos de internamiento solo podían ser una respuesta provisional a una crisis que debía resolverse cuanto antes. El gobierno decide entonces ejercer una presión constante sobre los hombres válidos (con frecuencia antiguos combatientes republicanos que fueron desarmados en la frontera antes de entrar en territorio francés).

Les proponían la descabellada idea de volver a cruzar los Pirineos en sentido contrario. Muy pocos estaban dispuestos a semejante osadía: la represión del bando franquista no iba a olvidarse de ajustar cuentas con ellos, tal y como ya estaba haciendo con los republicanos españoles que se habían quedado en España.

Había otra alternativa: alistarse a la Legión Extranjera. Diez mil españoles dijeron sí a esta propuesta y aceptaron vestir el uniforme legionario francés. Varios años más tarde, durante la Segunda Guerra Mundial, voluntarios de todos los rincones de España se integrarían en las fuerzas de la Francia Libre (especialmente dentro de La Nueve).

Se enfrentarían a los ejércitos alemanes en los desiertos del norte de África y en los campos de batalla de Italia. Cabe destacar que las cooperativas de trabajadores españoles estaban por su parte dispuestas a recibir a aquellos que no tenían interés por la vida castrense. Las empresas de armamento y las explotaciones mineras necesitaban brazos vigorosos (y necesitados) en la antesala de la Segunda Guerra Mundial.