La muerte de Adolf Hitler

Hoy, 30 de abril de 2015, se cumplen 70 años del fallecimiento de Adolf Hitler, líder del partido nacionalsocialista obrero alemán y canciller del Tercer Reich entre 1933 y 1945. La vida del Führer terminaba con un tiro en la cabeza, por suicidio, al lado de su esposa, la enigmática Eva Braun. Mucha ha dado que hablar la muerte de Hitler debido a las dudas de la opinión pública sobre el destino de sus restos mortales.

Cabe destacar que los datos confusos que se dieron tras el fin de la Segunda Guerra Mundial en Europa avivaron la leyenda de que el Führer podría haber sobrevivido a la contienda. El hecho de que la Unión Soviética mostrara un considerable secretismo hasta la caída del comunismo no hizo más que potenciar todo tipo de teorías de la conspiración.

Habría que esperar hasta 1992, cuando la desclasificación de documentación de la KGB (antigua agencia de espionaje soviética) vino a confirmar la versión comúnmente aceptada sobre la muerte de Adolf Hitler.

Pasemos ahora a hablar sobre las horas finales del líder del nazismo. Hitler había fijado su “hogar” en el búnker de la cancillería el día 16 de enero de 1945. Desde esta residencia, seguía ejerciendo de líder supremo del pueblo alemán. La defensa de Berlín se desmoronaba por momentos, puesto que las fuerzas aliadas avanzaban desde todas las direcciones.

Para los últimos días del mes de abril, los efectivos del Ejército Rojo de Iósif Stalin ya habían penetrado en la capital del Tercer Reich y libraban arduos combates rumbo al centro de un Berlín irreconocible, destrozado, arrasado, donde se hallaba la mítica cancillería del Reich.

El 22 de abril, Adolf Hitler sufrió una suerte de crisis nerviosa en el transcurso de una de sus reuniones militares (la célebre escena de la película El Hundimiento que tantas veces ha sido parodiada en internet). En ella admitió por primera vez en público que la Segunda Guerra Mundial estaba perdida para Alemania: los errores de Adolf Hitler estaban destinados a tener un trágico final.

Los testigos afirman que el Führer ordenó entonces salir a varios de los presentes y que se quedó tan solo con el Dr. Joseph Goebbels y con el general Hans Krebs. A gritos declaró que sus propios generales le habían dado la espalda y traicionado y que, como consecuencia, el Tercer Reich había caído ante una pandilla de cobardes traidores. Los testimonios de los presentes recogidos una vez terminada la Segunda Guerra Mundial recogen el pésimo estado anímico que Adolf Hitler tuvo después de esa reunión, con fuertes temblores en su mano derecha y con un aspecto realmente demacrado.

Hitler tenía ya claro que su mejor salida era suicidarse y, más tarde, le pidió al médico Wener Haase que le diera consejos sobre cómo hacerlo de manera fiable. Este médico le recomendó mezclar una dosis de cianuro rematada por un rápido tiro en la cabeza.

La histeria de Adolf Hitler llegó a cotas inimaginables cuando el 28 de abril descubre que su hasta entonces leal Heinrich Himmler había tratado de negociar por su cuenta, a través de la Cruz Roja, un tratado de paz con los Aliados. El Führer estaba encolerizado por lo que consideraba una traición del Himmler y de inmediato exigió la cabeza de Hermann Fegelein, el enlace que Heinrich Himmler tenía en la propia cancillería del Reich.

A partir de entonces, el desmoronamiento de Adolf Hitler fue total: entró en un proceso paranoide y llegó incluso a dudar de que las cápsulas de cianuro que las SS le habían suministrado tuvieran el letal veneno. No dudó para comprobarlo en ordenar que se le administrara una cápsula a su fiel perra Blondi. Como era de esperar, el pobre animal falleció en el acto.

Adolf Hitler se enteró también de linchamiento público de su antiguo amigo fascista Benito Mussolini y se mostró dispuesto a no compartir en ningún caso el mismo destino final.

Hitler ya lo tenía todo maquinado. Pasada la medianoche del 29 de abril de 1945, el Führer contrae matrimonio con su hasta entonces amante Eva Braun, en una modesta ceremonia de carácter civil dentro de la cancillería, con la presencia de Goebbels y de su esposa como testigos del enlace (que también terminarían suicidándose, tras asesinar a sus propios hijos), así como de su posteriormente famosa secretaria, Traudi Junge, que ya se disponía a plasmar por escrito el testamento político de Adolf Hitler.

Todas las fuentes recogen que, tras la ceremonia, Hitler le dictó a su secretaria su testamento político y privado, en torno a las cuatro de la madrugada, antes de irse a la cama.

Al alba del 30 de abril de 1945, Adolf Hitler mandó llamar a todo el cuerpo médico. Ante el llanto de los allí reunidos, el Führer procedió a despedirse para siempre. Acto seguido, exigió que todas las personas que no fueren indispensables salieran del búnker de la cancillería.

Les dejó claro a sus ayudantes (Otto Günsche y  Heinz Linge) qué tenían que hacer con su cadáver y con el de su esposa Eva Braun. Se mandó llamar entonces a Erich Kempka, el hasta entonces chófer del Führer para que sacase varios bidones de combustible al jardín de la cancillería, para la cremación que pronto iba a tener lugar.

Al mediodía almorzó con todos sus secretarias, en silencio, un almuerzo a base de pasta. Término la comida despidiéndose de todas y obsequiándolas con una codiciada cápsula de cianuro. Procedió entonces a decirle adiós a la familia del Dr. Goebbels, haciendo caso omiso a las súplicas de Magda, la esposa de Goebbels, de no terminar sus días acabando con su propia vida.

Pasaban las de la tarde y Adolf Hitler y Eva Braun ya sabían que su cita con la muerte era inminente. Se despidieron entonces de los ayudantes a los que les habían encomendado la misión de ocuparse de sus cadáveres. A continuación, el Führer y su esposa se encerraron en el estudio privado del dictador y se suicidaron juntos. Los testimonios declaran haber escuchado un único disparo seco.

Heinz Linge y Otto Günsche, tras un cuarto de hora de espera, abrieron la puerta del despacho y hallaron a Adolf Hitler todo doblado, en un sillón, con la boca totalmente deformada, con una pistola en la mano derecha y con un reguero de sangre en el rostro. Eva Braun, que había seguido el consejo de suicidio de Hitler, no había en cambio logrado utilizar el arma: la cápsula de cianuro había hecho efecto demasiado rápido.

En ese mismo momento los asistentes de Hitler llevaron los dos cuerpos, protegidos por una alfombra. Se llevaron entonces al patio de la cancillería del tercer Reich y se colocaron en un agujero que había provocado el impacto de un obús. Günsche procedió entonces a rociar profusamente los cuerpos de Hitler y Eva Braun con combustible.

La artillería soviética hacia diana demasiado cerca, por lo que los encargados de deshacerse de los cuerpos de Hitler y de Eva Braun no lograron cerciorarse de que estos eran reducidos a cenizas completamente. Por este motivo, se decidió enterrar a los dos cadáveres, aunque debido a la falta de tiempo sólo se logró hacer parcialmente.

Al día siguiente, el 1 de mayo de 1945, el sucesor oficial de Adolf Hitler, Karl Dönitz pronunció un discurso radiofónico en el que anunciaba la muerte del Führer en el búnker de la Cancillería. Iósif Stalin no se terminaba de creer la historia y presionó mucho a la NKVD del temible Beria para que sus efectivos en Berlín encontrasen los supuestos restos mortales de Hitler a la mayor brevedad posible. El 9 de mayo estos conseguirían su objetivo y encontrarían finalmente ambos cadáveres.

Cabe destacar que los dientes de los cráneos de Hitler y de Eva Braun se encontraban en perfectas condiciones y pudieron ser cotejados con los archivos aportados por un ayudante personal del dentista del líder del tercer Reich. Además, los rusos realizaron exhaustivos interrogatorios con todos los testigos que habían sido apresados tras la caída de la cancillería.

Ruinas del búnker de la cancillería del Tercer Reich en 1947. Bundesarchiv, Bild 183-M1204-319 / Donath, Otto / CC-BY-SA

Lo extraño del caso es que pese a todo esto, la Unión Soviética de Stalin optó por no dar mucha información sobre el fallecimiento de Hitler. Stalin llegaría incluso a negar directamente ante diplomáticos aliados que disponía de certeza alguno sobre la muerte del Führer.

Cabe suponer que los soviéticos estimaban oportuno sembrar dudas sobre el fallecimiento de Hitler, para tener un as en la manga útil para las décadas posteriores de la Guerra Fría, al poder así acusar a las potencias occidentales de haber ocultado un supuesto plan de evasión nazi, hacia la península ibérica o hacia América Latina, con una supuesta identidad falsa o incluso en un submarino.

La gran incertidumbre creada, sumada a la negativa de los rusos de divulgar la información de la que disponían, no hizo sino avivar la llama de la conspiración: el nacimiento del mito estaba asegurado.