La masacre de Nankín, también conocida como la violación de Nankín, fue uno de los episodios más brutales de la segunda guerra sino-japonesa y de todo el siglo XX. Entre diciembre de 1937 y enero de 1938, las tropas del Ejército Imperial Japonés sometieron a la población civil y a los prisioneros de guerra de la entonces capital china a semanas de asesinatos masivos, violaciones sistemáticas, saqueos e incendios. Las estimaciones más aceptadas sitúan el número de víctimas mortales entre 200.000 y 300.000 personas, aunque las cifras exactas siguen siendo objeto de debate historiográfico. Este crimen de guerra, juzgado tras la contienda en los tribunales internacionales de posguerra , continúa siendo una herida abierta en las relaciones entre China y Japón.

Contexto: la segunda guerra sino-japonesa
Para comprender la masacre de Nankín es necesario situarla en el contexto de la agresión japonesa contra China, que comenzó mucho antes del estallido de la SGM en Europa. Japón había ocupado Manchuria en 1931, estableciendo el estado títere de Manchukuo, y desde entonces mantuvo una política expansionista sobre el territorio chino. El 7 de julio de 1937, el incidente del puente de Marco Polo cerca de Pekín desencadenó la guerra abierta entre ambos países.
El ejército japonés, mejor equipado y con una doctrina militar más moderna, avanzó rápidamente por el este de China. En agosto de 1937 se produjo la batalla de Shanghái, un combate devastador que duró tres meses y causó enormes bajas en ambos bandos. La feroz resistencia china en Shanghái enfureció al alto mando japonés y endureció la actitud de las tropas niponas hacia los combatientes y civiles chinos. Cuando Shanghái cayó en noviembre de 1937, el camino hacia Nankín —capital de la República de China bajo el gobierno nacionalista de Chiang Kai-shek— quedó abierto.
El gobierno chino trasladó la capital a Chongqing, en el interior del país, pero dejó una guarnición de aproximadamente 100.000 soldados para defender Nankín. La defensa fue desorganizada y caótica. El general Tang Shengzhi, comandante de la guarnición, ordenó resistir hasta el final, pero cuando la situación se volvió insostenible huyó con parte de su estado mayor, dejando a miles de soldados atrapados dentro de las murallas de la ciudad sin liderazgo ni plan de evacuación.
La caída de Nankín
El ejército japonés, bajo el mando del general Matsui Iwane, llegó a las puertas de Nankín a principios de diciembre de 1937. Las tropas niponas rodearon la ciudad por tres lados, dejando abierto únicamente el acceso al río Yangtsé, donde no había suficientes embarcaciones para evacuar a la población ni a los soldados. El 9 de diciembre, aviones japoneses lanzaron octavillas instando a la rendición. Al no recibir respuesta, el asalto comenzó el 10 de diciembre.
La resistencia china se desmoronó en pocos días. Muchos soldados intentaron huir desesperadamente hacia el río, donde murieron ahogados o fueron ametrallados desde las orillas. Otros se despojaron de sus uniformes y trataron de mezclarse con la población civil, lo que más tarde serviría de pretexto al ejército japonés para justificar la persecución indiscriminada de varones en edad militar. El 13 de diciembre de 1937, las tropas japonesas entraron en Nankín. Lo que siguió fueron seis semanas de horror.
Las atrocidades: semanas de terror
La violencia que los soldados japoneses desataron sobre Nankín no fue un estallido espontáneo, sino un proceso sostenido que se prolongó durante semanas. Los crímenes pueden agruparse en varias categorías, todas ellas documentadas por testigos extranjeros, supervivientes chinos y los propios registros militares japoneses.
Ejecuciones masivas
Miles de prisioneros de guerra chinos fueron ejecutados de forma sistemática. Los soldados japoneses reunían a grupos de cientos o miles de prisioneros, los ataban con alambre y los ametrallaban a orillas del Yangtsé. Otros fueron utilizados para prácticas de bayoneta, decapitados en competiciones entre oficiales o enterrados vivos. Los cuerpos se apilaban en las riberas del río o se arrojaban directamente a sus aguas.
La persecución no se limitó a los militares. Cualquier varón chino en edad de combatir era considerado sospechoso de ser un soldado disfrazado de civil. Se realizaron redadas barrio por barrio, y los hombres capturados eran ejecutados sin juicio alguno. Ancianos, mujeres y niños tampoco estuvieron a salvo: las matanzas fueron completamente indiscriminadas.
Violencia sexual sistemática
Una de las dimensiones más atroces de la masacre fue la violación masiva y sistemática de mujeres y niñas. Se estima que entre 20.000 y 80.000 mujeres fueron agredidas sexualmente durante las semanas de ocupación. Las víctimas abarcaban todas las edades, desde niñas hasta ancianas. Muchas fueron asesinadas después de la agresión, y quienes sobrevivieron cargaron con traumas físicos y psicológicos de por vida.
La violencia sexual no fue un fenómeno aislado ni cometido exclusivamente por soldados de bajo rango. Oficiales japoneses participaron activamente o toleraron estos crímenes. Algunas mujeres fueron secuestradas y mantenidas como esclavas sexuales durante semanas. Las agresiones ocurrían a plena luz del día, en las calles, en los hogares y en los propios refugios donde la población intentaba protegerse.
Saqueo e incendio
Paralelamente a los asesinatos y las violaciones, los soldados japoneses saquearon la ciudad de forma metódica. Casas, comercios, almacenes y edificios públicos fueron vaciados de cualquier objeto de valor. La destrucción no se detuvo en el robo: barrios enteros fueron incendiados deliberadamente. Se calcula que un tercio de la ciudad fue destruido por el fuego durante las semanas de ocupación. Los incendios no solo arrasaron propiedades, sino que atraparon a civiles que se ocultaban en sus viviendas.
La zona de seguridad internacional
En medio de la catástrofe, un reducido grupo de extranjeros residentes en Nankín organizó una zona de seguridad internacional con el objetivo de proteger a la población civil. Este enclave, de aproximadamente cuatro kilómetros cuadrados, fue establecido siguiendo el modelo de las zonas desmilitarizadas previstas en las convenciones internacionales.
John Rabe y el comité internacional
La figura más destacada de este esfuerzo humanitario fue John Rabe, un empresario alemán de la compañía Siemens que llevaba décadas viviendo en China. Rabe, paradójicamente miembro del partido nazi, utilizó su condición de ciudadano de un país aliado de Japón para negociar con las tropas invasoras y tratar de frenar las atrocidades. Junto a otros extranjeros —entre ellos la misionera estadounidense Minnie Vautrin, el cirujano Robert Wilson y el reverendo John Magee—, formó el Comité Internacional para la Zona de Seguridad de Nankín.
El comité logró albergar a aproximadamente 250.000 refugiados chinos en universidades, hospitales, embajadas y otros edificios dentro de la zona de seguridad. Rabe personalmente acogió a más de 600 personas en su propiedad. Los miembros del comité documentaron meticulosamente las atrocidades, enviando protestas formales a la embajada japonesa y manteniendo diarios que se convertirían en testimonios fundamentales para la historia.
Sin embargo, la zona de seguridad no fue inviolable. Los soldados japoneses entraban regularmente para llevarse a hombres jóvenes acusados de ser soldados, que eran ejecutados fuera de sus límites. Las violaciones dentro de la zona también ocurrieron, aunque en menor medida que en el resto de la ciudad. A pesar de sus limitaciones, la zona de seguridad salvó decenas de miles de vidas.
El legado de los justos de Nankín
Cuando John Rabe regresó a Alemania en 1938 e intentó dar a conocer lo sucedido —incluso escribiendo a Adolf Hitler—, la Gestapo le ordenó guardar silencio para no dañar la alianza con Japón. Rabe cayó en la pobreza tras la guerra y sobrevivió gracias a paquetes de comida enviados por ciudadanos de Nankín que no habían olvidado su labor. Murió en 1950 casi en el anonimato. Minnie Vautrin, por su parte, sufrió una profunda depresión tras su regreso a Estados Unidos y se quitó la vida en 1941, incapaz de superar el trauma de lo que había presenciado.
La escala de la masacre de Nankín
Determinar el número exacto de víctimas de la masacre de Nankín ha sido un desafío historiográfico complejo, politizado desde el momento mismo en que ocurrieron los hechos. Las principales estimaciones proceden de tres fuentes: el Tribunal Militar Internacional para el Lejano Oriente, los tribunales chinos de posguerra y la investigación académica posterior.
El Tribunal de Tokio, celebrado entre 1946 y 1948, concluyó que al menos 200.000 civiles y prisioneros de guerra fueron asesinados durante las primeras seis semanas de ocupación. El tribunal chino de Nankín, por su parte, elevó la cifra a más de 300.000 muertos, número que el gobierno de la República Popular China ha adoptado oficialmente. Los historiadores occidentales más citados, como Iris Chang, han respaldado cifras en el rango de 260.000 a 350.000, mientras que otros investigadores proponen estimaciones más conservadoras de entre 40.000 y 200.000.
Más allá del debate numérico, la magnitud del sufrimiento humano resulta indiscutible. La destrucción de Nankín no se mide solo en muertos: decenas de miles de mujeres violadas, cientos de miles de personas desplazadas, una ciudad arrasada y una comunidad marcada durante generaciones constituyen el verdadero alcance de la tragedia.
Consecuencias y juicios de posguerra
Tras la rendición de Japón en agosto de 1945, los crímenes cometidos en Nankín fueron juzgados tanto en el Tribunal Militar Internacional para el Lejano Oriente —conocido como el Tribunal de Tokio— como en tribunales militares chinos.
El general Matsui Iwane, comandante en jefe de las fuerzas japonesas durante la toma de Nankín, fue declarado culpable de crímenes de guerra por no haber prevenido las atrocidades cometidas por sus tropas. Fue condenado a muerte y ejecutado en la horca en diciembre de 1948. El teniente general Tani Hisao, comandante de la 6.ª División, fue juzgado por un tribunal militar chino en Nankín, condenado a muerte y ejecutado en abril de 1947.
Sin embargo, muchos responsables directos de las atrocidades nunca fueron juzgados. El príncipe Asaka Yasuhiko, miembro de la familia imperial japonesa y uno de los comandantes en Nankín, fue eximido de procesamiento gracias a la decisión del general Douglas MacArthur de proteger a la casa imperial japonesa como parte de la estrategia de ocupación estadounidense. Esta impunidad parcial alimentó la percepción, especialmente en China, de que la justicia había sido incompleta.
El negacionismo y la controversia actual
Uno de los aspectos más dolorosos del legado de la masacre de Nankín es la persistencia del negacionismo en ciertos sectores de la sociedad y la política japonesas. A diferencia de Alemania, que asumió una responsabilidad clara por los crímenes del nazismo, Japón ha mantenido una relación mucho más ambigua con su pasado bélico.
Desde la década de 1970, revisionistas japoneses han minimizado o negado la masacre de Nankín. Algunos la califican de invención propagandística china, otros reconocen incidentes aislados pero niegan la naturaleza sistemática de la violencia, y un tercer grupo acepta los hechos pero disputa drásticamente las cifras. Estas posturas han encontrado eco en libros de texto escolares japoneses que han suavizado o eliminado las referencias a la masacre, provocando protestas diplomáticas de China y Corea del Sur.
Las visitas de primeros ministros japoneses al santuario de Yasukuni —donde están consagrados, entre otros, criminales de guerra condenados por el Tribunal de Tokio— han agravado las tensiones periódicamente. Aunque varios primeros ministros han emitido disculpas por la conducta de Japón durante la guerra, estas han sido percibidas con frecuencia como insuficientes o ambiguas por los gobiernos chino y surcoreano.
En el ámbito académico, sin embargo, existe un amplio consenso internacional sobre la realidad y la escala de la masacre. Historiadores japoneses como Kasahara Tokushi e Ienaga Saburō han documentado extensamente los hechos y han luchado contra la tendencia revisionista dentro de su propio país.
Memoria y legado
La masacre de Nankín ocupa un lugar central en la memoria histórica china. En 1985, el gobierno inauguró el Memorial de las Víctimas de la Masacre de Nankín en la ciudad de Nanjing, construido sobre una de las fosas comunes de la matanza. El memorial, ampliado en 2007, recibe millones de visitantes cada año y constituye uno de los espacios de memoria bélica más importantes de Asia.
Desde 2014, el 13 de diciembre —aniversario de la caída de Nankín— es un día nacional de conmemoración en China, con ceremonias oficiales en las que participa la máxima dirigencia del país. En 2015, los documentos relativos a la masacre fueron inscritos en el Registro de la Memoria del Mundo de la UNESCO, un reconocimiento que generó protestas del gobierno japonés.
En Occidente, la masacre de Nankín permaneció relativamente desconocida durante décadas, eclipsada por el Holocausto europeo y la bomba atómica. La publicación en 1997 del libro The Rape of Nanking de la historiadora estadounidense de origen chino Iris Chang fue determinante para dar visibilidad internacional al episodio. La obra se convirtió en un éxito editorial y reavivó el debate sobre la memoria de los crímenes de guerra japoneses, aunque también generó controversia por algunas de sus afirmaciones.
La masacre de Nankín no fue un hecho aislado. Se enmarca en un patrón más amplio de atrocidades cometidas por el ejército japonés en Asia durante la década de 1930 y la SGM, que incluye el sistema de esclavitud sexual conocido como "mujeres de confort", los experimentos biológicos de la Unidad 731, la marcha de la muerte de Batán y numerosos crímenes contra la población civil en los territorios ocupados.
El recuerdo de Nankín plantea preguntas que siguen vigentes: sobre la responsabilidad de los estados ante los crímenes de su pasado, sobre los límites de la reconciliación cuando la memoria no es compartida y sobre la importancia de la educación histórica para prevenir la repetición de la barbarie. Más de ocho décadas después, las víctimas de Nankín merecen que su historia sea conocida, reconocida y transmitida a las generaciones futuras.