Iósif Stalin (1878-1953) fue el líder supremo de la Unión Soviética durante la Segunda Guerra Mundial y una de las figuras más determinantes del conflicto. Su papel en la SGM abarca desde los pactos que facilitaron el estallido de la guerra hasta la victoria sobre la Alemania nazi, pasando por decisiones militares que costaron millones de vidas soviéticas. Dictador implacable y estratega obstinado, Stalin transformó la Unión Soviética en una superpotencia a un precio humano incalculable.

Retrato de Iósif Stalin en 1943
Iósif Stalin fotografiado en 1943, durante el punto de inflexión de la guerra en el frente oriental. U.S. Signal Corps · Public domain

Orígenes y ascenso al poder

Iósif Vissariónovich Dzhugashvili nació el 18 de diciembre de 1878 en Gori, una pequeña ciudad de Georgia, entonces parte del Imperio ruso. Hijo de un zapatero alcohólico y una costurera devota, creció en la pobreza. Su madre lo envió al seminario ortodoxo de Tiflis con la esperanza de que se convirtiera en sacerdote, pero el joven Iósif descubrió allí las ideas marxistas y abandonó los estudios para dedicarse a la actividad revolucionaria clandestina.

Durante los años previos a la Revolución de 1917, se ganó una reputación como organizador implacable, especialista en atracos bancarios para financiar al partido bolchevique y hombre de confianza de Lenin. Adoptó el nombre de Stalin, que significa "hombre de acero", un apodo que reflejaba tanto su carácter como sus ambiciones. Tras la revolución, ocupó puestos aparentemente burocráticos —como el de secretario general del Partido Comunista en 1922— que utilizó con astucia para acumular un poder enorme.

Cuando Lenin murió en 1924, Stalin maniobró durante años para eliminar a sus rivales. Trotski, Zinóviev, Kámenev y Bujarin fueron marginados, exiliados o ejecutados uno tras otro. A finales de la década de 1920, Stalin era el amo absoluto de la Unión Soviética.

Las grandes purgas y la destrucción del Ejército Rojo

En la década de 1930, Stalin consolidó su dictadura mediante el terror. Las grandes purgas de 1936-1938 devastaron todos los estamentos de la sociedad soviética: el partido, la administración, la intelectualidad y, de forma especialmente catastrófica, el ejército. Tres de los cinco mariscales de la Unión Soviética fueron fusilados. El 60 % de los generales, el 80 % de los coroneles y miles de oficiales de todos los rangos fueron ejecutados o enviados al Gulag.

La destrucción del cuerpo de oficiales del Ejército Rojo tuvo consecuencias directas en la SGM. Cuando Alemania invadió la Unión Soviética en 1941, el ejército estaba dirigido en gran parte por oficiales inexpertos, ascendidos para llenar los huecos dejados por las purgas. La incompetencia del mando soviético en las primeras semanas de la guerra —que provocó millones de bajas y la pérdida de enormes extensiones de territorio— fue en buena medida el resultado de las purgas estalinistas.

Stalin y el pacto con la Alemania nazi

El 23 de agosto de 1939, la Unión Soviética y la Alemania nazi firmaron el pacto Molotov-Ribbentrop, un acuerdo de no agresión que incluía un protocolo secreto para repartirse Europa oriental. Para Stalin, el pacto era una jugada pragmática: ganaba tiempo para preparar al Ejército Rojo y obtenía una zona de amortiguación territorial. Para Hitler, eliminaba el riesgo de una guerra en dos frentes mientras conquistaba Polonia.

El 1 de septiembre de 1939, Alemania invadió Polonia por el oeste. El 17 de septiembre, el Ejército Rojo invadió Polonia por el este. Stalin aprovechó el pacto para anexionarse la mitad oriental de Polonia, los estados bálticos (Estonia, Letonia y Lituania) y Besarabia (actual Moldavia). También lanzó la guerra de Invierno contra Finlandia en noviembre de 1939, una campaña que reveló las graves deficiencias del Ejército Rojo y convenció a Hitler de que la Unión Soviética sería un adversario fácil de derrotar.

La Operación Barbarroja y el desastre inicial

A pesar de las numerosas advertencias de inteligencia —informes de espías, desertores alemanes y el propio gobierno británico—, Stalin se negó a creer que Hitler atacaría en 1941. Había apostado todo a que el pacto le daría más tiempo. Prohibió a sus comandantes fronterizos tomar medidas defensivas por temor a provocar a los alemanes.

El 22 de junio de 1941, la Operación Barbarroja se puso en marcha: más de tres millones de soldados alemanes cruzaron la frontera soviética en el mayor ataque militar de la historia. Las primeras horas fueron una catástrofe para la Unión Soviética. Miles de aviones fueron destruidos en tierra, las comunicaciones colapsaron y las unidades fronterizas fueron aplastadas o rodeadas. En las primeras semanas, el Ejército Rojo perdió cientos de miles de soldados muertos y millones de prisioneros.

Según testimonios de allegados, Stalin sufrió una crisis nerviosa durante los primeros días de la invasión. Se retiró a su dacha de Kúntsevo y, durante un período que los historiadores aún debaten, pareció incapaz de reaccionar. Cuando una delegación del Politburó fue a buscarlo, Stalin temió que vinieran a destituirlo. En lugar de ello, le pidieron que asumiera el mando. El 3 de julio de 1941, Stalin se dirigió por radio a la nación con un discurso que comenzaba con unas palabras inusuales para un dictador: "Hermanos y hermanas, me dirijo a vosotros, amigos míos". Fue un llamamiento desesperado a la resistencia patriótica que marcó el tono de la guerra soviética: no se luchaba por el comunismo, sino por la Madre Rusia.

Stalin como líder militar en la SGM

Stalin asumió los cargos de presidente del Comité Estatal de Defensa, comisario del Pueblo de Defensa y comandante supremo de las Fuerzas Armadas soviéticas. Su estilo de mando evolucionó a lo largo de la guerra. En 1941 y principios de 1942, sus decisiones fueron a menudo desastrosas: insistió en contraataques prematuros, se negó a autorizar retiradas que habrían salvado ejércitos enteros y ordenó ofensivas que terminaron en cercos catastróficos. La pérdida de Kiev en septiembre de 1941, donde más de 600.000 soldados soviéticos fueron capturados, fue en parte resultado de la prohibición de Stalin de abandonar la ciudad.

Sin embargo, la batalla de Moscú en el invierno de 1941-1942 mostró un primer destello de aprendizaje. Stalin aceptó el consejo de Zhúkov de mantener las reservas siberianas en la capital y lanzar una contraofensiva cuando los alemanes estuvieran agotados por el frío y la extensión de sus líneas de suministro. La victoria ante Moscú fue la primera derrota estratégica de la Wehrmacht y demostró que la Unión Soviética no se iba a derrumbar.

Stalingrado: el punto de inflexión

La primavera de 1942 trajo nuevas catástrofes. La ofensiva soviética en Járkov fue un fracaso que abrió la puerta a la gran ofensiva alemana de verano hacia el Cáucaso y el Volga. Cuando el Sexto Ejército alemán llegó a Stalingrado en agosto de 1942, Stalin emitió la Orden n.º 227: "Ni un paso atrás". Los soldados que retrocedieran serían fusilados por destacamentos de barrera situados detrás de las líneas propias.

La batalla de Stalingrado se convirtió en el enfrentamiento más sangriento de la historia. Durante meses, soviéticos y alemanes combatieron cuerpo a cuerpo entre las ruinas de la ciudad. Stalin aceptó el plan de Zhúkov y Vasilevski para la Operación Urano: en lugar de reforzar la ciudad, acumularon reservas en los flancos y lanzaron una doble pinza que rodeó al Sexto Ejército alemán. La rendición del mariscal de campo Paulus en febrero de 1943 fue un desastre sin precedentes para Alemania y la confirmación de que la guerra en el este había cambiado de signo.

Kursk y la ofensiva imparable

Tras Stalingrado, Stalin demostró una evolución notable en su papel como estratega. En la preparación de la batalla de Kursk en julio de 1943, aceptó la recomendación de sus generales de adoptar una postura defensiva inicial y dejar que los alemanes atacaran primero contra posiciones fortificadas, para luego contraatacar con reservas frescas. Fue una decisión que iba contra sus instintos, pero que resultó decisiva. Kursk fue la mayor batalla de tanques de la historia y la última gran ofensiva alemana en el frente oriental.

A partir de mediados de 1943, Stalin aprendió a delegar más en sus comandantes profesionales —Zhúkov, Vasilevski, Rokossovski, Kónev— mientras mantenía el control estratégico general. Las grandes ofensivas soviéticas de 1944 y 1945, conocidas como los "diez golpes estalinistas", demostraron una sofisticación operacional que habría sido impensable en 1941. El Ejército Rojo, reorganizado y reequipado gracias a la industria soviética trasladada más allá de los Urales y al suministro de material aliado mediante el programa Lend-Lease, se convirtió en una máquina de guerra formidable.

Diplomacia y relaciones con los aliados

La relación de Stalin con Winston Churchill y Franklin D. Roosevelt fue una alianza de conveniencia forjada por la necesidad de derrotar a un enemigo común. Los tres líderes se reunieron en Teherán (1943) y Yalta (febrero de 1945) para coordinar la estrategia militar y negociar el orden de posguerra. Stalin, negociador implacable, utilizó el enorme sacrificio de sangre soviético como argumento para exigir concesiones territoriales y una zona de influencia en Europa oriental.

En Teherán, Stalin presionó con éxito para que los aliados occidentales abrieran un segundo frente en Francia, algo que Churchill había retrasado en favor de operaciones en el Mediterráneo. En Yalta, obtuvo el reconocimiento de la esfera soviética en Europa oriental a cambio de compromisos de celebrar elecciones libres que nunca tuvo intención de cumplir. Roosevelt, debilitado por la enfermedad, y Churchill, consciente de que el Ejército Rojo ya ocupaba la mayor parte de Europa oriental, tenían pocas cartas con las que negociar.

Stalin también mantuvo un pacto de neutralidad con Japón hasta agosto de 1945, cuando —cumpliendo lo acordado en Yalta— declaró la guerra al Imperio japonés y lanzó una fulminante ofensiva en Manchuria que aceleró la rendición japonesa.

El coste humano de la victoria

La Unión Soviética pagó el precio más alto de todos los países beligerantes. Las cifras exactas siguen siendo objeto de debate, pero la estimación más aceptada sitúa las bajas soviéticas en torno a los 27 millones de muertos, entre militares y civiles. Es una cifra difícil de comprender: más muertes que las de todos los demás aliados occidentales juntos.

Parte de este coste fue inevitable dada la brutalidad de la guerra de exterminio que Alemania libró en el este. Pero parte fue también responsabilidad directa de Stalin. Las purgas del ejército, la negativa a prepararse para la invasión, los contraataques suicidas de 1941-1942, la Orden n.º 227, los batallones de castigo y el trato a los prisioneros de guerra soviéticos repatriados —muchos de los cuales fueron enviados al Gulag como traidores— son responsabilidad del dictador.

Stalin utilizó además la guerra para llevar a cabo deportaciones masivas de pueblos enteros: chechenos, tártaros de Crimea, alemanes del Volga y otras minorías fueron arrancados de sus hogares y trasladados a Asia Central en condiciones inhumanas, acusados colectivamente de colaborar con el enemigo.

El legado de Stalin en la posguerra

La victoria sobre la Alemania nazi consolidó el poder de Stalin dentro de la Unión Soviética y transformó al país en una superpotencia global. En la conferencia de Potsdam (julio-agosto de 1945), un Stalin triunfante negoció con Truman y un debilitado Churchill (sustituido a mitad de la conferencia por Clement Attlee) las condiciones del nuevo orden europeo.

En los años siguientes, Stalin impuso regímenes comunistas en toda Europa oriental: Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Rumanía, Bulgaria y Alemania Oriental se convirtieron en estados satélite de Moscú. El telón de acero descendió sobre el continente. El inicio de la Guerra Fría fue la consecuencia directa de la desconfianza mutua entre los antiguos aliados y de la ambición expansionista de Stalin.

Dentro de la Unión Soviética, la posguerra trajo no la liberalización que muchos esperaban, sino una nueva oleada de represión. Stalin lanzó purgas contra veteranos de guerra, intelectuales y minorías étnicas. La paranoia del dictador se agudizó en sus últimos años, culminando en el llamado complot de los médicos de 1953, una fabricación antisemita que podría haber desencadenado una nueva purga masiva de no haber muerto Stalin el 5 de marzo de 1953.

Valoración histórica

La figura de Stalin en la Segunda Guerra Mundial sigue generando un debate intenso. Fue el líder que mantuvo unida a la Unión Soviética en su hora más oscura, que organizó el esfuerzo bélico más titánico de la historia y que dirigió la derrota del nazismo en el frente donde se decidió la guerra. Sin el frente oriental, la victoria aliada habría sido imposible o habría tardado años más.

Pero también fue el dictador que debilitó a su propio ejército con las purgas, que facilitó el estallido de la guerra con el pacto Molotov-Ribbentrop, que ignoró las advertencias de invasión, que sacrificó millones de vidas con decisiones militares erráticas y que utilizó la victoria para imponer un nuevo sistema de opresión sobre medio continente. El coste humano de su liderazgo, tanto para la Unión Soviética como para los países que cayeron bajo su dominio, fue monstruoso.

Stalin no fue un genio militar ni un simple carnicero. Fue un político extraordinariamente astuto y un líder de guerra que aprendió de sus errores —aunque ese aprendizaje se pagó con millones de vidas—. Su legado es inseparable del siglo XX: la industrialización forzada, el Gulag, la victoria sobre el nazismo y la Guerra Fría son todos capítulos de una historia que comenzó con un seminarista georgiano que se convirtió en el hombre más poderoso de la mitad del mundo.