El franquismo, los judíos y el Holocausto

Comenzamos este artículo sobre el franquismo y los judíos durante la Segunda Guerra Mundial admitiendo que, según criterios históricos, no se le puede achacar a la dictadura del general Franco el apoyo de las persecuciones antisemitas azuzadas desde el gobierno de Hitler.

 La dictadura franquista estaba tan vinculada al catolicismo tradicional que no había margen para aplicar las doctrinas de carácter discriminatorio racista que habían estado expandiéndose por parte de Europa ya desde los años 30. Ahora bien, queremos también dejar claro que la España de Franco no fue en ningún caso la Tierra Prometida para los judíos acosados por las persecuciones.

Esto queda claro debido a que, durante el transcurso de la Segunda Guerra Mundial, al margen de ciertos posicionamientos neutrales, España fue vista como amiga del Tercer Reich (no olvidemos que Franco y Hitler llegaron a reunirse durante la Segunda Guerra Mundial).

No es este un asunto baladí, dado que hubo que esperar hasta 1945 para que el propio franquismo renegara de sus simpatías filofascistas (haz clic aquí si deseas saber más, por ejemplo, de la calurosa bienvenida que el franquismo le organizó a Heinrich Himmler, jerarca máximo de las temidas SS).

En España, debido al tradicional catolicismo unido al antisemitismo desde la época de los Reyes Católicos, la animadversión hacia los judíos era palpable, aunque en absoluto comparable a la intensidad que el antisemitismo más radical experimentaba en la Alemania nacionalsocialista.

Cabe destacar que el gobierno franquista trató, especialmente en un primer momento, de limitar en la mayor medida posible el número de judíos con residencia en territorio nacional. Eso sí, tampoco implementó medidas orientadas a ponerle trabas a los judíos refugiados, siempre y cuando usaran España solo como ruta de tránsito y no como destino de asentamiento permanente.

Mientras que los judíos de nacionalidad española que se encontraban viviendo en zonas bajo control nazi fueron “solamente” discriminados (no amenazados de muerte), a la España franquista la situación no le causaba casi inquietud alguna. Con 1942 ya avanzado, comenzaron las detenciones aisladas, pero no provocaron cambio tangible en la posición española. Los consulados de cada zona protestaban y seguían negándose las repatriaciones, salvo en casos particulares.

En 1943, el gobierno de Adolf Hitler pone en marcha la “campaña de repatriación” y pone al gobierno de Francisco Franco contra las cuerdas. Las autoridades españolas, no con poco esfuerzo, fueron abriéndose a la idea de que la permanencia de judíos españoles en zona bajo control nazi sería sinónimo de eliminación física.

Por una parte, la defensa de la soberanía nacional no podía permitir que una potencia extranjera acabase con la vida de nacionales españoles. Pero por otra parte, no puede negarse que el franquismo miraba como ciudadanos de segunda a los judíos españoles.

Pese a este desdén, en España, incluso en los años 40, en plena época filofascista franquista, resultaba impensable detener a un ciudadano español por ser judío, mientras que, en cambio, ser detenido por republicano o izquierdista era el pan nuestro de cada día.

Asimismo, al franquismo le interesaba una maniobra diplomática beneficiosa para los judíos españoles. Se trataba así de apaciguar unos ánimos caldeados entre las potencias aliadas, especialmente los de EE. UU. En Madrid se temía un daño económico si no se procedía a proteger a sus judíos en territorio ocupado por las tropas del Tercer Reich. El problema para Franco es que no era tarea sencilla hacer esto sin agitar el antisemitismo que se daba en algunos círculos del régimen.

La solución intermedia que se estimó más oportuna fue la siguiente: los judíos, incluso disponiendo de nacionalidad española, tendrían prohibido establecerse en territorio español. Dispondrían exclusivamente de autorización para permanecer por poco tiempo en España, con obligación de exiliarse a otro lugar, cuyo traslado correría a cargo de organizaciones de auxilio a los judíos. Además, se procedería a una rigurosa comprobación de la nacionalidad española.

Cabe destacar que estas disposiciones nunca fueron requeridas por el Tercer Reich: fueron decisiones propias del gobierno franquista, orientadas tener bajo control al antisemitismo patrio.

El problema surgió cuando las autoridades españolas se dieron cuenta de que era imposible hallar naciones dispuestas a recibir el flujo de refugiados judíos de manera tan repentina. La Alemania de Hitler metía prisa por unas repatriaciones veloces, pues quería convertir sus dominios en Judenrein (literalmente, “limpios de judíos”), mediante el genocidio como primera opción, aunque sin cerrarse a las repatriaciones como opción secundaria si se conseguía así aligerar todo el proceso.

Lo cierto es que si el Tercer Reich no hubiese estado sujeto a cuestiones económicas y estratégicas en ese momento de la Segunda Guerra Mundial, la poco diligencia por parte de España a la hora de repatriar a muchos de sus judíos habría terminado en deportación (y muerte) segura.

Pese a todo, no fue desdeñable la cantidad de judíos españoles que se vieron desprotegidos, especialmente en la vecina Francia. Al final, tan solo 1/5 parte de los judíos españoles lograron pasar los estrictos controles de nacionalidad. A principios del siglo XX, la mayor parte de los judíos españoles residentes en Francia durante la Segunda Guerra Mundial habían llegado procedentes de los dominios de Imperio otomano.

Por este motivo, habían ido perdiendo contacto con los consulados de España, puesto que no parecía tan imperiosa la necesidad de contar con protección diplomática en Francia. Por este motivo, muchos de estos judíos descuidaron en gran medida sus obligaciones a nivel de burocracia, en ocasiones kafkiana, algo que terminarían pagando muy caro. El gobierno franquista aprovechó las disposiciones burocráticas para escudarse en una posición restrictiva.

Cuando el Tecer Reich llevó a cabo su últimatum y procedió a la deportación a finales de 1943 de los primeros judíos españoles que permaneceían en Francia, la España de Franco se mostró poco a poco dispuesta a abrir la mano a nivel de repatriaciones.

A España, eso sí, debe reconocérsele el hecho de que, en el verano-otoño de 1944, en Hungría llevó a cabo una operación de auxilio a judíos, no limitándose por primera vez a nacionales españoles. En esta ocasión, el mérito no debemos reconocérselo tanto a las autoridades de Madrid como a los diplomáticos in situ que interpretaron generosamente las disposiciones dadas. Sin figuras como las del diplomático Ángel Sanz-Briz (conocido popularmente como “El Ángel de Budapest”), la ayuda española habría sido aún más exigua.

Placa conmemorativa en honor a Ángel Sanz-Briz en Madrid
Placa conmemorativa en honor a Ángel Sanz-Briz en Madrid. Fuente y autoría: Mr. Tickle [CC-BY-SA 4.0], vía Wikimedia Commons.

Ángel Sanz-Briz era un diplomático español residente durante la Segunda Guerra Mundial en Budapest, la capital húngara.

Corría el año 1944, cuando, actuando por iniciativa propia, de facto al margen del gobierno franquista (y, en honor a la verdad, hay que decir que sin padecer persecución posterior alguna por ello), contribuyó a salvar la vida de unos 5.000 judíos húngaros durante el Holocausto, al facilitarles pasaportes de España (si bien inicialmente solo a judíos sefardíes conforme a un antiguo Real Decreto de 1924 del directorio militar de Primo de Rivera y finalmente a cualquier judío que lo solicitase. El Estado de Israel le ha reconocido oficialmente su labor distinguiéndolo como Justo entre las Naciones.

Placa en honor a Ángel Sanz Briz en la Embajada de España en Budapest. Fuente y autoría: Csurla [CC BY-SA 2.5], vía Wikimedia Commons.
Placa en honor a Ángel Sanz-Briz en la Embajada de España en Budapest. Fuente y autoría: Csurla [CC BY-SA 2.5], vía Wikimedia Commons.

En definitiva, la posición española ante el Holocausto puede calificarse de tibia, con sus luces pero también con sus sombras.

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