La fallida alianza antinazi de Stalin

Existen una serie de documentos (desvelados recientemente por el diario británico The Sunday Telegraph) que han permanecido bajo llave durante casi 70 años que demostrarían que la Unión Soviética había propuesto el envío de una poderosa fuerza militar para convencer a Gran Bretaña y Francia de la necesidad de crear una alianza militar antinazi común.

Un pacto de estas características habría sin duda cambiado el transcurso de la Segunda Guerra Mundial y de la historia del siglo XX, puesto que no se habría firmado el Pacto Molotov-Ribbentrop y, por lo tanto, Alemania habría tenido que luchar desde un principio en una inasumible guerra de dos frentes.

La oferta soviética para contener a Adolf Hitler dentro de las fronteras del Tercer Reich fue realizada por una delegación militar soviética de alto rango en una reunión que tuvo lugar en el Kremlin con oficiales británicos y franceses de alto rango poco antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial.

Los nuevos documentos demuestran que los generales de Stalin habrían estado dispuestos a desplegar un gran número de unidades de infantería, artillería y aviación, una vez se hubieran logrado eliminar las reticencias polacas respecto a la presencia del Ejército Rojo en su territorio.


Lo cierto es que, como bien sabemos, los responsables franceses y británicos, autorizados por sus propios gobiernos a hablar pero no a firmar ningún acuerdo vinculante, no respondieron a la oferta soviética realizada el 15 de agosto de 1939. Stalin, por su parte, decidió por tanto tratar con Alemania y firmar el famoso Pacto de No Agresión Germano-Soviético apenas una semana después.

El Pacto Molotov-Ribbentrop se firmó el 23 de agosto, tan sólo una semana antes de la invasión nazi de Polonia que marcó el comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Si los Aliados hubieran aceptado la propuesta soviética, probablemente la Segunda Guerra Mundial habría sido bien distinta.

Se había perdido la última ocasión de frenar a Hitler. Pararle los pies habría sido incluso posible tras la aquiescencia británica y francesa tras la agresión a Checoslovaquia realizada el año anterior por el Tercer Reich y tolerada mediante los Acuerdos de Münich (1938). La oferta soviética, realizada por el Mariscal de la URSS, Voroshilov y el Jefe del Estado Mayor del Ejército Rojo, Sháposhnikov, consistía en el despliegue en la frontera alemana de 120 divisiones de infantería (cada una con 19 000 soldados), 5 000 piezas de artillería pesada, 9 500 tanques y 5 500 cazas y bombarderos. El almirante Sir Reginald Drax, que encabezaba la delegación británica, les dijo a sus homólogos soviéticos que sólo tenía autorización para hablar, no para comprometerse con ninguna acción concreta.

Lo cierto es que si los británicos, franceses y los polacos se hubieran tomado en serio esta oferta, entre todos habría sido posible reunir unas 300 divisiones a ambas fronteras del Tercer Reich, doblando en número los efectivos de los que disponía Hitler en la antesala de la Segunda Guerra Mundial.

Pactos de Munich: Chamberlain, Hitler y Mussolini
Fuente y autoría: Deutsches Bundesarchiv [bajo licencia CC BY-SA-3.0 DE], vía Wikimedia Commons

La traición de Múnich. Los Acuerdos de Múnich fueron unos acuerdos por los que se le permitía al Tercer Reich la anexión de los Sudetes (regiones de mayoría germana de Checoslovaquia). Los acuerdos se negociaron en una conferencia celebrada en Múnich, junto a las principales potencias europeas, sin la presencia de Checoslovaquia, que se consideró traicionada. Actualmente se considera un fracaso en la política de apaciguamiento hacia Alemania defendida por Francia y Gran Bretaña en la antesala de la 2ª Guerra Mundial. En la fotografía, de izquierda a derecha, Mussolini por Italia, Hitler por Alemania, su intérprete y Chamberlain por Gran Bretaña.

Cuando se le preguntó al almirante Drax sobre cuántas unidades podría desplegar en la frontera occidental alemana, respondió que solo disponían de 16 divisiones listas para el combate, lo que dejó atónitos a los soviéticos: les parecía impensable que los británicos estuvieran tan poco preparados ante la inminencia del estallido de la Segunda Guerra Mundial.

Josef Stalin y KlimentVoroshilov en 1935
Fuente y autoría: Autor desconocido, imagen obtenida a partir de una obra soviética de 1940 [bajo licencia de dominio público en virtud de la legislación rusa de propiedad intelectual (Artículo Sexto de la Ley n.º 231-FZ de la Federación Rusa del 18 de diciembre de 2006], vía Wikimedia Commons

Iósif Stalin, Supremo Comandante en Jefe del Ejército Rojo, y Kliment Voroshilov, Mariscal de la URSS, en una fotografía de 1935

Por su parte, Polonia, que tendría que haberle permitido al enorme Ejército Rojo atravesar su territorio para enfrentarse a Alemania, se opuso vehementemente a la oferta soviética. Gran Bretaña albergaba serias dudas sobre la eficacia del plan del ejército soviético, puesto que tan solo un año antes Stalin había realizado purgas de gran alcance entre los comandantes más importantes del Ejército Rojo.

Stalin optó entonces por una salida diplomática interesada con los nazis que le diera margen para trasladar su producción industrial bien lejos de las fronteras europeas. Los franceses, por otra parte, trataron a la desesperada el 21 de agosto de reactivar las conversaciones, aunque con escaso éxito debido a que las negociaciones secretas entre el Tercer Reich y la Unión Soviética ya estaban bien avanzadas.

Habría que esperar dos años para ver una alianza entre Stalin y las potencias occidentales, tras la invasión nazi de la URSS. El acuerdo llegaba tarde, con Francia, Polonia y vastos territorios de Europa ya bajo dominio alemán.

Si te interesa saber más sobre el Pacto de No Agresión Germano-Soviético, no te pierdas el artículo Puntos de inflexión: el Pacto Molotov-Ribbentrop.

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