El desastre de Port Chicago

Lo más probable es que nunca hayas oído hablar del desastre de Port Chicago: la peor catástrofe en el frente local de Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial. Fue el incidente más mortífero en el continente durante la guerra y sigue siendo una de las peores calamidades que azotó el área de la bahía de San Francisco.

Port Chicago era solo otra pequeña localidad ferroviaria situado en la Bahía Suisun, en el estuario del río San Joaquín y del río Sacramento. Su población era de apenas unos pocos miles de personas, muchas de las cuales viajaban diariamente a sus puestos de trabajo en las fábricas y refinerías de localidades como Antioch, Pittsburg o Martínez. Había sido hogar de una pequeña instalación naval durante la Primera Guerra Mundial, pero incluso su base se vio deslumbrada por bases cercanas como el astillero naval de Mare Island.

El breve momento de protagonismo de Port Chicago sobrevendría durante la Segunda Guerra Mundial. Poco después del comienzo de la contienda, la Marina de Guerra estadounidense se dio cuenta de que necesitaba más capacidad en los muelles para preparar el envío de municiones con destino al teatro de operaciones del Pacífico. Port Chicago, con excelentes accesos ferroviarios y por carretera, con un canal de agua profundo y un relativo aislamiento de los centros de población importantes, encajaba perfectamente en los proyectos del ejército americano.

En diciembre de 1942, Port Chicago era hogar del primer puerto diseñado exclusivamente para la carga de municiones. Por desgracia, se prestó más atención al diseño físico que a las condiciones de trabajo. La Armada estadounidense consideraba que los estibadores civiles eran demasiado caros y demasiado tiquismiquis en materia de condiciones de seguridad y trabajo. Así que decidieron abaratar costes y buscar la mano de obra más barata que pudieran encontrar: marineros afroamericanos alistados.

Como el resto de las fuerzas armadas de la época de la Segunda Guerra Mundial, la Marina de Guerra estaba estrictamente segregada. Los marineros negros quedaban relegados a las labores más ingratas y menos deseadas: las de los batallones de trabajo. Port Chicago sería su destino perfecto o eso pensaba al menos la Marina americana. No hace falta decirlo, los oficiales eran todos blancos y las oportunidades de promoción eran inexistentes para los negros. Es una receta perfecta para unos ánimos no muy elevados y para un escaso celo por el trabajo bien hecho. ¿Quién podría reprochárselo?

Port Chicago se convirtió en un campo de trabajo duro con una sola misión: sacar munición y explosivos del puerto. Los buques se cargaban las veinticuatro horas del día, a destajo, los siete días de la semana. Pero realmente nadie sabía muy bien qué diablos hacía. La Marina de Guerra no tenía un manual sobre cómoc argar artillería: confiaron en uno elaborado por la Cámara de Comercio Interestatal, que había sido pensado realmente para cargar pequeñas cantidades a un ritmo mucho más pausado.

Los hombres alistados no tenían experiencia en el manejo de explosivos y los oficiales tampoco eran grandes expertos. Algunos estibadores locales se ofrecieron para entrenar a los hombres, pero la Armada nunca les dio respuesta. En condiciones normales, a un operador de cabrestante nunca se le permitiría manejar municiones sin años de experiencia a sus espaldas cargando cargas menos peligrosas. En Port Chicago, los marinos se pusieron manos a la obra con poco más que una pequeña clase sobre cómo usar la palanca de accionamiento.

Lo cierto es que la Armada sí contaba con normas de seguridad, pero nunca fueron publicadas en los cuarteles porque el capitán de la base no creía que los hombres pudieran entenderlos.

¿El resultado? Bromas y apuestas sobre quién podría cargar más munciones en los buques: había suficientes bombas y explosivos rodando y tratándose sin cuidado como para que cualquiera de nosotros se echase a temblar. La receta para el desastre.

Y así fue, el 17 de julio de 1944 exactamente a las 22:18.

El buque de carga “Liberty” EA Bryan había estado recibiendo explosivos y municiones desde el 13 de julio. Por la tarde del 17, sus cinco bodegas de carga (cada una de ellas tan profunda como un edificio de cuatro pisos) estaban completas a la mitad. Contaban ya con cerca de 4.600 toneladas de municiones, incluyendo cargas de profundidad, bombas normales  y bombas incendiarias. Estas últimas eran especialmente peligrosas. En el otro lado del puerto de carga, se encontraba amarrado el Quinalt Victory, en pleno proceso de carga. Como de costumbre, el muelle estaba literalmente atestado de hombres, maquinaria y toneladas y toneladas de bombas.

A las 22:18, hubo una pequeña explosión, seguida siete segundos más tarde de una enorme explosión, desconocida en intensidad hasta la fecha (hablamos de la era pre-Hiroshima y pre-Nagasaki).

Así quedó Port Chicago tras la gran explosión. Fuente: U.S. Navy (dominio público) vía Wikimedia Commons.

Era como el espectáculo de fuegos artificiales más grande del mundo. Una enorme columna de humo, llamas y chispas de colores se alzaban sobre el depósito. El resplandor fue visto desde San Francisco, a 55 kilómetros de distancia y las ventanas se rompieron incluso en Berkeley. La explosión se escuchó y sintió a lo largo de toda la zona de la bahía. Muchas personas la confundieron con un terremoto. De hecho sismógrafos tan alejados como los de Nevada detectaron la explosión y le dieron un 3,4 en la escala de Richter.

Afortunadamente, la previsión de la Marina de Guerra de optar por una localidad relativamente aislado evitó una desgracia todavía mayor. Aunque lógicamente Port Chicago sellevó la peor parte de la explosión. Casi cada edificio de la ciudad sufrió algún daño. No murió ningún residente civil, pero 119 resultaron heridos.

En cuanto al depósito de municiones y explosivos… no quedó mucho de él. El muelle de más de 350 metros de largo se había volatilizado, solo quedaban astillas y escombros. Nunca se lograría tampoco encontrar ninguna pieza de la locomotora de 12 toneladas que se había estado moviendo ajetreadamente por el muelle hasta la fatídica fecha, y solo unas pocas piezas del EA Bryan serían recuperadas. El Quinalt Victory había sido arrastrado fuera del agua, volteado 180 grados y lanzado a una distancia asombrosa, provocándole daños brutales. Una embarcación de guardacostas fue lanzada a más de 150 metros del río y hundida. Los edificios a más de 1 km a la redonda del epicentro quedaron gravemente afectados. Y los 320 hombres desdichados que tuvieron la desgracia de encontrarse en el muelle perdieron la vida. Solo se lograrían recuperar 51 cuerpos: hubo partes del cuerpo que nunca serían recuperadas o identificadas.

Tareas de limpieza en Port Chicago. Fuente: U.S. Navy (dominio público), vía Wikimedia Commons.

Nadie en la base murió, aunque 390 personas resultaron heridas. Después de la explosión, la reacción fue relativamente tranquila. Los hombres reaccionaron según su formación, aplicando primeros auxilios, luchando contra los incendios y así sucesivamente. Un grupo incluso logró extinguir un incendio de vagones que, de haberse dejado incontrolado, podría haber iniciado una explosiva reacción en cadena.

La limpieza de la zona no fue precisamente sencilla. Según los propios relatos de los marineros, se trataba de un especátulo dantesco. De los 320 muertos, 202 eran afroamericanos.

Los supervivientes (como cabría esperar) se negaron a volver a cargar municiones pasadas unas semanas. Consideraban que con el enemigo al menos podrían tener una oportunidad, con este sistema de cargas no. Esa era la actitud. Cincuenta terminarían siendo juzgados por amotinamiento. Algo nunca visto.

Nunca se determinó la causa exacta de la explosión. Un tribunal de investigación encargado de determinar las posibles causas, concluyó las siguientes en orden decreciente de probabilidad:

  1. explosión de un elemento altamente sensible durante la manipulación normal;
  2. detonación por descuido o manejo brusco;
  3. fallo de una pluma de carga;
  4. colisión de la locomotora con un vagón;
  5. accidente relacionado con las líneas de amarrre del Quinalt Victory;
  6. sabotaje.

No había ninguna evidencia directa de sabotaje, pero el tribunal señaló que no se puede ignorar como una posibilidad. Teóricos de la conspiración afirmaron más tarde que la explosión habría sido realmente una bomba nuclear, detonada por el gobierno para probar la efectividad de un ataque atómico por barco. Esta teoría, sin embargo, roza el absurdo.

La localidad de Port Chicago fue reparada y reconstruida después de la explosión, aunque la compensación del gobierno no cubrió el costo de las reparaciones en muchos edificios.

Hoy en día, Port Chicago ha caído en el olvido del imaginario colectivo estadounidense y son pocos los que recuerdan o vivieron el incidente. En parte esto se debe a que la Armada compró los terrenos de la localidad y demolió sus edificios en 1968. La base se amplió de tal manera que engulló todo lo que era la antigua localidad. De Port Chicago solo queda el típico patrón de manzanas de EE. UU. y el recuerdo de un desastre de guerra. Con este artículo, al menos honramos a unas víctimas olvidadas de la Segunda Guerra Mundial.

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