Las bombas atómicas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki los días 6 y 9 de agosto de 1945 constituyen el único empleo de armas nucleares contra población civil en la historia. En apenas tres días, dos ciudades japonesas fueron arrasadas por una fuerza destructiva sin precedentes que mató a más de 200.000 personas entre efectos inmediatos y radiación posterior. Estos bombardeos precipitaron la rendición de Japón y pusieron fin a la SGM, pero abrieron al mismo tiempo la era atómica y un debate ético que sigue vivo más de ochenta años después.

Nube en forma de hongo sobre Hiroshima tras la explosión de la bomba atómica el 6 de agosto de 1945
La nube en forma de hongo se elevó más de 6.000 metros sobre Hiroshima tras la detonación de Little Boy el 6 de agosto de 1945. George R. Caron (U.S. Army) · Dominio público

La guerra en el Pacífico a mediados de 1945

En el verano de 1945, la guerra en Europa había terminado con la rendición de Alemania en mayo, pero el conflicto en el Pacífico continuaba con una ferocidad extrema. Japón había sufrido derrotas devastadoras en Iwo Jima y Okinawa, había perdido el control de sus rutas marítimas y sus ciudades estaban siendo sometidas a campañas de bombardeo incendiario que habían destruido amplias zonas urbanas. Solo el bombardeo de Tokio del 10 de marzo de 1945 había causado más de 80.000 muertos.

Sin embargo, el militarismo japonés se resistía a aceptar la derrota. La experiencia de Okinawa, donde la guarnición japonesa luchó prácticamente hasta el último hombre y donde más de 12.000 soldados estadounidenses murieron, hacía prever que una invasión del archipiélago japonés — planificada bajo el nombre en clave Operación Downfall — costaría un número de bajas extraordinario a ambos bandos. Las estimaciones estadounidenses variaban enormemente, pero algunas proyectaban cientos de miles de bajas aliadas y millones de bajas japonesas, incluyendo civiles armados para resistir la invasión.

Era en este contexto donde Estados Unidos buscaba una alternativa que forzara la capitulación japonesa sin necesidad de una invasión terrestre. Esa alternativa existía desde hacía pocas semanas: la bomba atómica.

El Proyecto Manhattan y la bomba atómica

El desarrollo de la bomba atómica fue el resultado del Proyecto Manhattan, un programa científico y militar de una escala sin precedentes que empleó a más de 125.000 personas y costó unos 2.000 millones de dólares de la época (equivalentes a más de 30.000 millones actuales). Iniciado en 1942 bajo la dirección del general Leslie Groves y con la supervisión científica de Robert Oppenheimer , el proyecto reunió a algunos de los físicos más brillantes del mundo en laboratorios secretos repartidos por Estados Unidos, con sede principal en Los Álamos, Nuevo México.

El 16 de julio de 1945, la primera bomba atómica de la historia fue detonada con éxito en la prueba Trinity, en el desierto de Alamogordo. La explosión, equivalente a unas 20.000 toneladas de TNT, dejó atónitos a los propios científicos. Oppenheimer recordaría después haber pensado en un verso del Bhagavad Gita: «Me he convertido en la muerte, el destructor de mundos».

Con la prueba exitosa, el presidente Harry Truman autorizó el empleo de la nueva arma contra Japón. El 26 de julio de 1945, la Declaración de Potsdam exigió la rendición incondicional de Japón y advirtió de una «destrucción rápida y total» en caso de negativa. El gobierno japonés rechazó el ultimátum, y la maquinaria del bombardeo atómico se puso en marcha.

Hiroshima: 6 de agosto de 1945

A las 2:45 de la madrugada del 6 de agosto, el bombardero B-29 Enola Gay, pilotado por el coronel Paul Tibbets, despegó de la base aérea de Tinian , en las islas Marianas, con una bomba de uranio de 4.400 kilogramos apodada Little Boy en su bodega. Le acompañaban dos aviones de apoyo: The Great Artiste, que transportaba instrumentos científicos, y Necessary Evil, encargado de la documentación fotográfica.

Hiroshima fue elegida como objetivo principal por varias razones: era un importante centro militar y logístico, sede del Segundo Ejército japonés; no había sido bombardeada previamente, lo que permitiría evaluar con precisión los efectos de la nueva arma; y su topografía llana maximizaba el radio de destrucción. La ciudad tenía una población aproximada de 350.000 personas, entre civiles y militares.

A las 8:15 de la mañana hora local, Little Boy fue lanzada desde una altitud de 9.450 metros. La bomba detonó 43 segundos después, a unos 580 metros sobre el hospital Shima, en el centro de la ciudad. La explosión liberó una energía equivalente a 15.000 toneladas de TNT.

El infierno en la tierra

En el instante de la detonación, la temperatura en el punto cero alcanzó varios millones de grados centígrados. Una bola de fuego de 370 metros de diámetro se formó sobre la ciudad, y la radiación térmica resultante incineró todo lo que se encontraba en un radio de un kilómetro. Las personas que estaban al aire libre cerca del epicentro se vaporizaron literalmente, dejando solo sus sombras grabadas en muros y escalones de piedra.

La onda expansiva, que se desplazó a una velocidad cercana a la del sonido, arrasó las estructuras en un radio de dos kilómetros y causó daños graves hasta los cinco kilómetros. Aproximadamente el 90 por ciento de los edificios de Hiroshima fueron destruidos o gravemente dañados. La onda de choque fue seguida por vientos huracanados que avivaron los incendios provocados por la radiación térmica, generando una tormenta de fuego que consumió lo que quedaba en pie.

Los supervivientes, conocidos como hibakusha, describieron escenas que desafían la capacidad del lenguaje. Personas con la piel colgando en jirones caminaban como fantasmas entre las ruinas buscando agua. Los ríos de Hiroshima se llenaron de cadáveres de personas que se habían arrojado al agua para aliviar sus quemaduras. Los hospitales, destruidos en su mayoría, no podían atender a los miles de heridos que vagaban por la ciudad. De los 298 médicos que ejercían en Hiroshima, 270 murieron o resultaron heridos; de las 1.780 enfermeras, 1.654 corrieron la misma suerte.

Se calcula que entre 70.000 y 80.000 personas murieron en el acto o en las horas inmediatamente posteriores a la explosión. Al finalizar 1945, el número total de muertos había ascendido a unas 140.000 personas, y seguiría aumentando en los años siguientes por los efectos de la radiación.

Nagasaki: 9 de agosto de 1945

Tres días después de Hiroshima, a las 3:47 de la madrugada del 9 de agosto, el B-29 Bockscar despegó de Tinian con una bomba de plutonio apodada Fat Man. El objetivo principal era la ciudad de Kokura, un importante centro industrial y arsenal militar. Sin embargo, al llegar a Kokura, el piloto, el mayor Charles Sweeney, encontró la ciudad cubierta por una densa capa de nubes y humo procedente del bombardeo convencional de la cercana ciudad de Yahata el día anterior. Tras tres pasadas infructuosas sobre Kokura y con el combustible disminuyendo, Sweeney se dirigió al objetivo secundario: Nagasaki.

Nagasaki era un puerto importante y sede de los astilleros Mitsubishi, donde se construían torpedos y buques de guerra. La ciudad tenía una población de unas 263.000 personas. También Nagasaki estaba parcialmente cubierta por nubes, pero un breve claro permitió el lanzamiento visual de Fat Man a las 11:02 de la mañana hora local.

La bomba detonó a 503 metros de altitud sobre el valle de Urakami, al norte del centro urbano, con una potencia de 21.000 toneladas de TNT, superior a la de Little Boy. Sin embargo, la topografía montañosa de Nagasaki confinó parcialmente la onda expansiva, limitando el área de destrucción en comparación con Hiroshima. La catedral de Urakami, la iglesia católica más grande de Asia oriental, fue destruida por completo con cientos de fieles en su interior.

Las cifras de víctimas en Nagasaki se estiman en unas 40.000 personas muertas de forma inmediata y un total de aproximadamente 70.000 al finalizar 1945. Como en Hiroshima, los efectos de la radiación seguirían cobrando vidas durante décadas.

Las bombas atómicas y el coste humano

El horror de Hiroshima y Nagasaki no terminó con las explosiones. Los supervivientes sufrieron durante años y décadas los efectos de la radiación ionizante: leucemia, cánceres de tiroides, pulmón y mama, cataratas, malformaciones congénitas y una larga lista de dolencias que los persiguieron de por vida. La lluvia negra que cayó sobre ambas ciudades tras las explosiones, cargada de partículas radiactivas, contaminó fuentes de agua y alimentos, extendiendo los efectos de la radiación más allá de las zonas de destrucción inmediata.

Los hibakusha no solo padecieron enfermedades físicas. Muchos fueron discriminados socialmente en el Japón de posguerra, donde existía el temor de que la exposición a la radiación fuera contagiosa o provocara defectos hereditarios. Los matrimonios con hibakusha eran evitados, y muchos supervivientes ocultaron su condición durante años. Esta estigmatización añadió una capa de sufrimiento psicológico a un trauma ya de por sí devastador.

El total combinado de víctimas mortales de ambos bombardeos se estima en más de 210.000 personas hasta finales de 1945, aunque algunas estimaciones elevan la cifra por encima de 340.000 si se incluyen las muertes atribuibles a la radiación en los cinco años posteriores. La inmensa mayoría de las víctimas fueron civiles: ancianos, mujeres, niños, trabajadores y estudiantes que nada tenían que ver con las decisiones del alto mando militar japonés.

La rendición de Japón

El 9 de agosto de 1945, el mismo día del bombardeo de Nagasaki, la Unión Soviética declaró la guerra a Japón e invadió Manchuria con un ejército de más de un millón y medio de soldados. La combinación de las bombas atómicas y la entrada soviética en la guerra alteró radicalmente el cálculo estratégico del liderazgo japonés, que hasta entonces había albergado la esperanza de que Moscú mediara en una paz negociada.

El Consejo Supremo de Guerra japonés se reunió de urgencia en una sesión marcada por profundas divisiones. Los partidarios de la rendición, encabezados por el ministro de Asuntos Exteriores Shigenori Togo, se enfrentaron a los militaristas que preferían luchar hasta el final. El empate fue roto por una intervención sin precedentes del emperador Hirohito, quien declaró que soportar lo insoportable era necesario para preservar la nación japonesa.

El 15 de agosto de 1945, Hirohito se dirigió a la nación por radio en un mensaje grabado — la primera vez que los japoneses oían la voz de su emperador — anunciando la aceptación de los términos de la Declaración de Potsdam. La rendición formal se firmó el 2 de septiembre de 1945 a bordo del acorazado USS Missouri en la bahía de Tokio, poniendo fin a la SGM.

El debate ético sobre las bombas atómicas

Pocas decisiones en la historia han generado un debate moral tan prolongado e intenso como el bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki. Las posiciones se articulan en torno a argumentos que, más de ocho décadas después, siguen sin alcanzar un consenso.

Los argumentos a favor

Los defensores de la decisión sostienen que las bombas atómicas evitaron una invasión terrestre de Japón que habría costado un número de vidas mucho mayor, tanto aliadas como japonesas. Señalan que los bombardeos incendiarios convencionales ya estaban causando una destrucción masiva — el bombardeo de Tokio mató a más personas que Nagasaki — y que las bombas atómicas, precisamente por su impacto psicológico sin precedentes, lograron lo que meses de bombardeo convencional no habían conseguido: forzar la rendición.

También argumentan que Japón había tenido oportunidad de rendirse tras la Declaración de Potsdam y que la brutalidad del militarismo japonés — evidenciada en atrocidades como la masacre de Nankín, los experimentos de la Unidad 731 y el trato inhumano a los prisioneros de guerra — hacía necesaria una demostración de fuerza contundente para forzar la capitulación.

Los argumentos en contra

Los críticos cuestionan la narrativa de que las bombas atómicas fueran la única alternativa a una invasión. Señalan que Japón ya estaba prácticamente derrotado, que su marina y su fuerza aérea estaban destruidas, que el bloqueo naval estaba estrangulando su economía y que la entrada de la Unión Soviética en la guerra habría bastado por sí sola para precipitar la rendición.

Otros historiadores sostienen que el factor decisivo en la rendición japonesa no fueron las bombas atómicas sino la declaración de guerra soviética, que eliminó toda esperanza de mediación. Desde esta perspectiva, las bombas fueron innecesarias desde el punto de vista militar, y su verdadero propósito habría sido tanto impresionar a la Unión Soviética en el contexto de la naciente Guerra Fría como justificar la enorme inversión del Proyecto Manhattan.

La cuestión moral más profunda, sin embargo, trasciende la discusión sobre la necesidad militar. Incluso si las bombas acortaron la guerra, quienes las critican se preguntan si puede justificarse moralmente la aniquilación deliberada de poblaciones civiles enteras como medio para alcanzar un objetivo político. Esta pregunta conecta el bombardeo atómico con el debate más amplio sobre la guerra aérea contra ciudades, un debate que también rodea episodios como el bombardeo de Dresde .

El legado de Hiroshima y Nagasaki

El horror de las bombas atómicas inauguró la era nuclear y transformó para siempre la geopolítica mundial. La carrera armamentística entre Estados Unidos y la Unión Soviética, que acumularon arsenales capaces de destruir la civilización varias veces, definió la segunda mitad del siglo XX bajo la sombra de la destrucción mutua asegurada.

Hiroshima y Nagasaki se convirtieron en símbolos universales del peligro nuclear. Ambas ciudades fueron reconstruidas y albergan hoy memoriales y museos dedicados a preservar la memoria de las víctimas y a promover la paz y el desarme nuclear. El Parque Memorial de la Paz de Hiroshima, con el esqueleto de la Cúpula Genbaku — uno de los pocos edificios que quedaron parcialmente en pie cerca del epicentro —, fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1996.

Los hibakusha dedicaron sus vidas a dar testimonio del horror atómico. Organizaciones como Nihon Hidankyo, la confederación japonesa de supervivientes de las bombas atómicas, llevaron durante décadas su mensaje contra las armas nucleares a foros internacionales. Su labor fue reconocida con el Premio Nobel de la Paz en 2024.

La guerra que comenzó con la invasión de Polonia en 1939 y que incluyó atrocidades como el ataque a Pearl Harbor terminó con el arma más destructiva jamás empleada contra seres humanos. Hiroshima y Nagasaki no solo marcaron el final de la SGM, sino que plantearon a la humanidad una pregunta que sigue sin respuesta definitiva: si la capacidad de destruir ciudades enteras en un instante puede coexistir con la supervivencia de la civilización.