Benito Mussolini fue el dictador de Italia entre 1922 y 1943, fundador del fascismo y aliado de Adolf Hitler durante la SGM. Su decisión de entrar en la guerra en junio de 1940, cuando Francia ya estaba al borde del colapso, respondió al cálculo oportunista de un líder que quería sentarse en la mesa de los vencedores sin pagar el precio de la victoria. El resultado fue catastrófico: derrotas militares en todos los frentes, la ocupación alemana de Italia y su propia muerte a manos de partisanos en abril de 1945.

Primeros años y la forja del fascismo
Benito Amilcare Andrea Mussolini nació el 29 de julio de 1883 en Predappio, una localidad rural de la Romaña, en el seno de una familia modesta. Su padre, Alessandro, era herrero y socialista militante; su madre, Rosa, maestra de escuela. Del padre heredó la agitación política; de la madre, una ambición que no encontraba cauce en la Italia rural.
En su juventud, Mussolini fue socialista, periodista y agitador. Dirigió el diario del Partido Socialista Italiano, Avanti!, y se ganó fama como orador apasionado y polemista agresivo. Pero la Primera Guerra Mundial lo transformó. Mientras el partido se oponía a la intervención italiana en el conflicto, Mussolini defendió la entrada en la guerra con un fervor que le costó la expulsión del socialismo. Combatió en las trincheras, fue herido y regresó convencido de que la violencia y el nacionalismo eran fuerzas más poderosas que la lucha de clases.
En marzo de 1919, Mussolini fundó los Fasci Italiani di Combattimento en Milán, el germen del Partido Nacional Fascista. El movimiento combinaba un nacionalismo agresivo, el culto a la violencia, el rechazo al liberalismo y al comunismo, y una estética militarista que atraía a excombatientes descontentos, pequeños burgueses asustados por la agitación obrera y jóvenes en busca de acción. Las escuadras fascistas, los camisas negras, sembraron el terror contra sindicatos, cooperativas y sedes socialistas con la complicidad de las autoridades locales y la tolerancia de la élite.
La marcha sobre Roma y el régimen fascista
El 28 de octubre de 1922, miles de camisas negras marcharon sobre Roma en una demostración de fuerza que forzó la mano del rey Víctor Manuel III. En lugar de declarar el estado de sitio, el monarca invitó a Mussolini a formar gobierno. A los 39 años, Mussolini se convertía en el primer ministro más joven de la historia de Italia.
En los años siguientes, desmanteló las instituciones democráticas paso a paso: eliminó la oposición parlamentaria, controló la prensa, ilegalizó los partidos rivales y construyó un Estado totalitario con él mismo como Duce —líder— indiscutible. Su modelo de fascismo se convirtió en referencia para movimientos autoritarios de toda Europa, incluido el nacionalsocialismo alemán.
Italia bajo Mussolini emprendió una política exterior agresiva. La invasión de Etiopía en 1935, que desafió las sanciones de la Sociedad de Naciones, reforzó su imagen de liderazgo fuerte en Italia pero lo aisló diplomáticamente de las democracias occidentales. El resultado fue un acercamiento progresivo a la Alemania nazi que culminó en el Eje Roma-Berlín de 1936 y en el Pacto de Acero de 1939.
La entrada en la Segunda Guerra Mundial
Cuando la guerra estalló en septiembre de 1939, Italia se declaró no beligerante. Mussolini sabía que sus fuerzas armadas no estaban preparadas para un conflicto de envergadura: la industria italiana era insuficiente, el ejército carecía de equipo moderno y la marina, aunque poderosa en papel, dependía de combustible que Italia no producía.
Pero cuando las panzerdivisionen alemanas arrollaron Francia en mayo de 1940, Mussolini vio la oportunidad de obtener ganancias territoriales sin esfuerzo. El 10 de junio de 1940, con Francia ya agonizante, Italia declaró la guerra a Francia y Gran Bretaña. La frase atribuida a Mussolini resume su cálculo: necesitaba unos miles de muertos para sentarse en la mesa de la paz. Fue uno de los errores estratégicos más graves de la guerra.
El desastre militar
La realidad del campo de batalla desmintió brutalmente las ambiciones imperiales del Duce. La ofensiva italiana contra Francia en los Alpes, lanzada en los últimos días antes del armisticio francés, apenas logró avances frente a una defensa francesa residual. Fue un presagio de lo que vendría.
El frente africano
En septiembre de 1940, las fuerzas italianas en Libia invadieron Egipto, pero la ofensiva se detuvo rápidamente. En diciembre, los británicos contraatacaron con la Operación Compass y en apenas dos meses destruyeron diez divisiones italianas, capturando más de 130.000 prisioneros. La humillación obligó a Hitler a enviar el Afrika Korps de Rommel para evitar la pérdida total de la posición del Eje en el norte de África.
La dependencia de la ayuda alemana se convirtió en un patrón constante. Italia, que había entrado en la guerra como aliada en pie de igualdad, se transformó progresivamente en un satélite de Berlín.
La debacle griega
En octubre de 1940, Mussolini invadió Grecia desde Albania sin consultar a Hitler, buscando una victoria propia que equilibrara los éxitos alemanes. El resultado fue desastroso: el ejército griego no solo detuvo la ofensiva italiana, sino que contraatacó y penetró en Albania. Una vez más, Alemania tuvo que intervenir en abril de 1941 para salvar la situación, retrasando la Operación Barbarroja y desviando recursos preciosos.
El Mediterráneo y el norte de África
La marina italiana, pese a contar con buques modernos, sufrió golpes demoledores. El ataque británico a Tarento en noviembre de 1940 hundió tres acorazados en puerto, y la batalla del cabo Matapán en marzo de 1941 confirmó la superioridad naval británica en el Mediterráneo. La pérdida del norte de África, culminada con la rendición del Eje en Túnez en mayo de 1943, dejó a Italia expuesta a una invasión aliada.
La caída del Duce
La invasión aliada de Sicilia en julio de 1943 fue el golpe definitivo. El 24 de julio, el Gran Consejo del Fascismo, el propio órgano del régimen, aprobó una moción de censura contra Mussolini. Al día siguiente, el rey Víctor Manuel III lo destituyó y ordenó su arresto. Después de veintiún años en el poder, el Duce fue derrocado por las mismas instituciones que había controlado.
El mariscal Pietro Badoglio asumió el gobierno e inició negociaciones secretas con los Aliados. El 8 de septiembre de 1943, Italia firmó el armisticio, y la capitulación italiana provocó la inmediata ocupación alemana de la península. Italia quedó dividida: el sur liberado por los Aliados y el centro-norte bajo control nazi.
La República Social Italiana
El 12 de septiembre de 1943, un comando de las SS liderado por Otto Skorzeny rescató a Mussolini de su cautiverio en el Gran Sasso, en una de las operaciones más audaces de la guerra: la Operación Roble . Hitler instaló a Mussolini al frente de la República Social Italiana (RSI), un Estado títere con sede en Saló, a orillas del lago de Garda.
La RSI fue un régimen fantasma. Las decisiones reales las tomaban los alemanes, y Mussolini, enfermo, envejecido y desmoralizado, carecía del poder y la energía de sus primeros años. Su gobierno colaboró activamente en la deportación de judíos italianos a los campos de exterminio nazis y en la represión brutal de los partisanos que combatían tanto a los alemanes como a los fascistas.
Muerte y legado
En abril de 1945, con los Aliados avanzando por el norte de Italia y la resistencia partisana controlando gran parte del territorio, Mussolini intentó huir a Suiza. El 27 de abril fue capturado por partisanos comunistas cerca del lago de Como, junto a su amante Clara Petacci. Al día siguiente, 28 de abril de 1945, ambos fueron ejecutados por fusilamiento. Sus cuerpos fueron llevados a Milán y colgados cabeza abajo en una gasolinera de la Piazzale Loreto, el mismo lugar donde un año antes los fascistas habían exhibido los cuerpos de quince partisanos fusilados. La escena, fotografiada y difundida por todo el mundo, se convirtió en uno de los símbolos más poderosos del final de la guerra en Europa.
El legado de Mussolini es el de un líder que prometió devolver a Italia la grandeza del Imperio Romano y la condujo, en cambio, a la ruina. Su entrada en la guerra transformó la península en campo de batalla, causó cientos de miles de muertos, destruyó ciudades y dividió al país en una guerra civil. El fascismo italiano, que él inventó y exportó al mundo, sirvió de modelo para regímenes autoritarios en toda Europa y dejó una herida en la sociedad italiana que tardó décadas en cicatrizar.
A diferencia de Hitler, que mantuvo un control férreo hasta el final, Mussolini fue abandonado por su propio partido, su rey y su pueblo. Su trayectoria ilustra una paradoja frecuente entre los dictadores: el mismo sistema que construyó para concentrar todo el poder fue incapaz de corregir los errores del hombre que lo encabezaba. Cuando las decisiones de un solo individuo determinan el destino de una nación, el fracaso de ese individuo arrastra consigo a millones.