La batalla de Tarawa, librada entre el 20 y el 23 de noviembre de 1943, fue uno de los combates más sangrientos y breves de la guerra del Pacífico. En apenas 76 horas, los marines estadounidenses asaltaron el diminuto atolón de Betio, en las islas Gilbert, defendido por una guarnición japonesa atrincherada en fortificaciones de hormigón y acero que resistieron un bombardeo naval de proporciones sin precedentes. El precio fue terrible: más de mil marines murieron en una franja de arena de apenas tres kilómetros de largo. Pero las lecciones de Tarawa transformaron la doctrina anfibia estadounidense y pavimentaron el camino hacia la victoria en el Pacífico.

Contexto: la estrategia del salto de islas
Tras la victoria defensiva en Midway y la dura campaña ofensiva de Guadalcanal , Estados Unidos adoptó una estrategia de avance a través del Pacífico central que pretendía acercarse a Japón saltando de archipiélago en archipiélago, capturando bases aéreas y navales que permitieran proyectar poder cada vez más cerca de las islas metropolitanas japonesas.
Las islas Gilbert, en el Pacífico central ecuatorial, eran el primer eslabón de esta cadena. Su captura proporcionaría aeródromos desde los que atacar las Islas Marshall, el siguiente objetivo. El atolón de Tarawa, y específicamente el islote de Betio, donde los japoneses habían construido una pista de aterrizaje y un sistema defensivo formidable, era el objetivo principal de la Operación Galvanic.
Las defensas japonesas
El contraalmirante Keiji Shibazaki comandaba una guarnición de unos 4.800 hombres en Betio, incluidos 2.600 tropas de élite de la Fuerza Especial de Desembarco Naval (los rikusentai, el equivalente japonés de la infantería de marina). Shibazaki había transformado el diminuto islote —apenas 3,5 kilómetros de largo por 500 metros de ancho— en una de las posiciones más fortificadas del Pacífico.
Las defensas incluían más de 500 búnkeres y casamatas de hormigón armado reforzado con troncos de cocotero y acero, muchos de ellos conectados por trincheras y túneles. Cañones costeros de 203 mm capturados a los británicos en Singapur, decenas de ametralladoras pesadas, nidos de tiradores y obstáculos de coral y alambre de espino completaban un sistema defensivo diseñado para destruir cualquier fuerza de desembarco antes de que alcanzara la playa.
Shibazaki presumió ante sus hombres de que un millón de soldados no podrían tomar Betio en cien años.
El bombardeo que no fue suficiente
El 20 de noviembre de 1943, la flota estadounidense sometió a Betio al bombardeo naval más intenso que se había realizado hasta entonces contra una posición tan reducida. Tres acorazados, cinco cruceros y nueve destructores dispararon más de 3.000 toneladas de proyectiles sobre el islote. La aviación embarcada añadió cientos de bombas.
Los planificadores esperaban que el bombardeo neutralizara las defensas japonesas. Se equivocaron. Las casamatas de hormigón y las posiciones enterradas resistieron el castigo. Cuando la cortina de fuego se levantó y los marines comenzaron a acercarse a la playa, descubrieron que la mayoría de las posiciones defensivas seguían intactas.
El desastre de la marea
El primer asalto fue un desastre agravado por un factor que los planificadores habían subestimado: la marea. Los vehículos anfibios tipo Higgins, con un calado de más de un metro, quedaron varados en el arrecife de coral a cientos de metros de la playa. Solamente los tractores anfibios LVT (Landing Vehicle Tracked), capaces de trepar sobre el coral, consiguieron llegar a tierra, pero eran insuficientes para transportar a todas las oleadas de asalto.
Centenares de marines se vieron obligados a vadear cientos de metros de agua poco profunda bajo un fuego cruzado demoledor de ametralladoras, morteros y cañones japoneses. Muchos murieron antes de poner un pie en la arena. Los que alcanzaron la playa se encontraron atrapados entre el agua y un muro de troncos de cocotero de un metro y medio de altura que los japoneses habían construido a lo largo de la orilla, incapaces de avanzar pero demasiado expuestos para quedarse.
Al final del primer día, la situación era crítica. Los marines habían establecido tres cabezas de playa precarias y fragmentadas, con una profundidad de apenas unos metros. Las comunicaciones por radio habían fallado en gran medida por la inmersión del equipo en agua salada. Las bajas eran espantosas. El comandante de la fuerza de desembarco, el coronel David Shoup, envió un mensaje que resumía la situación: la cuestión está en duda.
El combate búnker a búnker
Durante los dos días siguientes, los marines avanzaron metro a metro en un combate que fue uno de los más intensos de toda la guerra. La reducción de cada búnker japonés requería una combinación de lanzallamas, cargas explosivas, granadas y fuego directo a corta distancia. Los ingenieros de combate desempeñaron un papel crucial, arrastrándose hasta las troneras de las casamatas para colocar cargas de TNT o dirigir los chorros de los lanzallamas al interior.
Los japoneses lucharon con una determinación suicida que los marines no habían encontrado a esa escala. Prácticamente ningún defensor se rindió. Cuando las posiciones eran tomadas, los japoneses lanzaban cargas banzai nocturnas que, aunque suicidas, causaban bajas significativas entre los marines exhaustos.
El segundo día, la llegada de refuerzos, tanques Sherman y el restablecimiento parcial de las comunicaciones permitieron a los marines coordinar sus ataques y ampliar las cabezas de playa. Para el tercer día, la resistencia organizada comenzó a desmoronarse a medida que los japoneses eran empujados hacia el extremo oriental del islote.
El final
El 23 de noviembre, tras 76 horas de combate, la isla fue declarada segura. De los 4.800 defensores japoneses, solo 17 soldados y 129 obreros coreanos fueron capturados con vida. El resto murió combatiendo o se suicidó. Shibazaki cayó el segundo día de batalla, probablemente alcanzado por fuego naval mientras intentaba cambiar de puesto de mando.
Las bajas estadounidenses fueron impactantes para una operación de tres días: 1.009 marines y 687 marineros muertos, y más de 2.100 heridos. La proporción de bajas respecto al número de asaltantes fue una de las más altas de toda la guerra.
El impacto en la opinión pública
Tarawa fue la primera batalla del Pacífico cuyas imágenes llegaron a los hogares estadounidenses con toda su crudeza. El corresponsal de guerra Robert Sherrod presenció el asalto y escribió crónicas que no ocultaban el horror. El cámara del Cuerpo de Marines Norman Hatch filmó el desembarco bajo fuego, produciendo imágenes que el gobierno inicialmente censuró por considerarlas demasiado gráficas.
Cuando finalmente se publicaron las fotografías de cuerpos de marines flotando en la laguna y tendidos en la playa, la opinión pública reaccionó con una mezcla de horror y determinación. Por primera vez, muchos estadounidenses comprendieron el precio real de la guerra en el Pacífico. El debate sobre si la batalla había sido necesaria o si el alto mando había desperdiciado vidas se prolongó durante semanas.
Lecciones aprendidas
A pesar de su coste, Tarawa proporcionó lecciones cruciales que salvaron miles de vidas en los desembarcos posteriores. Los errores de Tarawa fueron estudiados meticulosamente y las conclusiones transformaron la doctrina anfibia:
La necesidad de un bombardeo preparatorio mucho más prolongado y preciso, con uso intensivo de cohetes y bombas de penetración contra fortificaciones de hormigón. La importancia vital de los vehículos anfibios con orugas (LVT) como medio principal de transporte, no como complemento. La mejora radical de las comunicaciones impermeables y los procedimientos de coordinación entre fuerzas navales, aéreas y terrestres. El desarrollo de equipos especializados de demolición submarina (UDT) para reconocer y despejar los arrecifes antes del asalto.
Estas lecciones se aplicaron directamente en las invasiones de las Marshall, las Marianas, Iwo Jima y Okinawa , donde los procedimientos mejorados redujeron las bajas proporcionalmente, aunque la resistencia japonesa siguió siendo feroz.
Legado
Tarawa fue el precio de aprender a asaltar islas fortificadas. El almirante Chester Nimitz, comandante en jefe del Pacífico, reconoció que los errores de Tarawa habían costado vidas, pero argumentó que las lecciones obtenidas salvaron muchas más en las batallas posteriores. Es un argumento que los historiadores siguen debatiendo.
Para los marines que sobrevivieron, Tarawa fue una experiencia que los marcó de por vida. En apenas tres días, un puñado de arena en medio del Pacífico se convirtió en uno de los lugares más sangrientos de la guerra y en un símbolo del sacrificio necesario para derrotar al militarismo japonés.